CLICK HERE FOR THOUSANDS OF FREE BLOGGER TEMPLATES »

18/5/18

H. C. F. Mansilla y la vocación intelectual




La persona se define por su asentimiento a los valores de la verdad, la belleza y el bien ético; por su vocación de realizarlos. Pero la proyección hacia los valores no es válida si no es directa y libre, esto es, si no es personal.
Francisco Romero

En una conferencia del año 1970, don Julián Marías enseñó que, aunque lo intentáramos, nunca podríamos escoger dos ingredientes radicales de nuestra vida. El primero es la circunstancia, esas condiciones que, en mayor o menor medida, influyen cuando debemos tomar decisiones. Así, tenemos factores físicos, químicos, pero también políticos, económicos, culturales y, desde luego, históricos que nos colocan en un escenario menos amplio de lo supuesto. No significa que nos dejen sin alternativas; simplemente, éstas pueden llegar a reducirse de manera severa. El segundo elemento que no podríamos elegir es la vocación. Se trataría de un llamado gracias al cual el hombre se realizaría a cabalidad. Es cierto que, por distintas causas, uno puede seguir otro camino, porque, en ocasiones, cumplir con el destino personal resulta demasiado difícil. No es seguro, pues, que todos insistan en arribar a esa suerte de meta existencial.
Elegir una vocación implica que nos dediquemos a su puesta en práctica de forma militante. De lo contrario, estaríamos protagonizando juegos, ejercicios de simulación. Sucede algo similar con los niños. En efecto, tal como lo apunta José Luis López Aranguren, cuando ellos juegan a ser piratas, príncipes, policías o ladrones, se hallan en una evasión de la realidad. Empero, lejos ya de su infancia, todo individuo no debería estar en esa mascarada, probando oficios, lo cual implica perder tiempo para lo que es verdaderamente importante. Lo primero que debería interesarnos es transitar por esa senda en donde nos sentimos más a gusto. Podemos toparnos con dificultades de diversa índole, incluso fracasar en el recorrido; no obstante, a la postre, haberlo intentado nos librará del arrepentimiento que llega durante los últimos estertores.
H. C. F. Mansilla es un intelectual a carta cabal. Los tres tomos de sus Obras selectas, publicadas magníficamente por Rincón Ediciones, lo demuestran con absoluta contundencia. El llamado a tener una mirada crítica, sin fanatismos ni contraproducentes indulgencias, ha sido asumido por él de modo ejemplar. Desde 1962, año en que escribió un texto biográfico y apologético del mariscal Santa Cruz, hasta el más reciente de sus ensayos, nos encontramos con quien no ha temido importunar al semejante con observaciones, cuestionamientos e indelebles interpelaciones. Con este ánimo, ha reflexionado sobre problemas de naturaleza ecológica, religiosa, psicológico-social, así como acerca del narcotráfico y la violencia política. Además, lo ha hecho mientras evitaba los extremos, huyendo de las explicaciones simplistas, resistiéndose a comodidas ofrecidas por prejucios y lugares comunes: pensando con el mayor rigor y franqueza que le han sido posibles.
No es irrelevante que acentúe su sinceridad. Ocurre que, en ese mundillo de los intelectuales, varios sujetos sobresalen por la impostura. Regularmente, son los mismos que, por un cargo diplomático u otra concesión cualquiera, pueden cambiar de ideario sin sentir ningún bochorno. En las páginas de Mansilla no hay nada que pueda ser expuesto como oportunismo. Cuando era joven, no fue marxista, como muchos de sus contemporáneos; en Bolivia, criticó el nacionalismo revolucionario, mas también lo que llama neoliberalismo plutocrático-plebeyo, hasta llegar al actual proceso de cambio. Al margen de sus novelas, contenidas asimismo en las Obras selectas (los lectores de ficciones lo agradecerán), los escritos que llevan su firma evidencian tamaña fidelidad a su vocación.

3/5/18

La tradición del doctor altoperuano





Al intelectual no le es lícito mentir, y si miente debe perder el derecho a ser tratado como tal.
Julián Marías


La frase indignó a Franz Tamayo porque, según este poeta y maravilloso insultador, sirvió para denigrar al boliviano. Los problemas que amargaban la vida de sus compatriotas habían sido, pues, agravados debido a esas palabras inmortalizadas por Gabriel René Moreno. Pasa que, cuando hablaba del “doctor altoperuano”, el historiador no tomaba la pluma para elogiar sus virtudes; se trataba de atacar a un ser legítimamente repudiable. No pasaba por el origen regional; cualquiera podía incurrir en esas actitudes y prácticas. Aludo a individuos que se caracterizan por la doblez y las astucias inescrupulosas. Olvidan toda idea de moralidad, ya que un marco ético les resulta inconcebible. Como es sabido, Casimiro Olañeta fue un caso emblemático, una persona que cambió de bando en la lucha independentista y, durante varios años, manipuló a hombres del más diverso pelaje. Por desgracia, ese mortal no ha sido el único en esta sociedad que puede engendrar verdaderas infamias.
Alcides Arguedas, admirador de Moreno, aborreció también a esos sujetos que, sin ninguna congoja, podían inventar alegatos para defender el orden colonial o, si se lo precisaba, promover una revuelta. No ansiaban la contribución al esclarecimiento de los hechos ni, menos aún, acabar con las injusticias. Lo fundamental era prestarse a todo fin que favorezca sus intereses. La interpretación de las leyes admitía cualquier tergiversación hasta lograr su objetivo: satisfacer los requerimientos del superior. No existía la menor de las vacilaciones al buscar ese propósito. Porque, desde su óptica, la verdad es un término que puede servir para dar envoltura decente a las más groseras falsedades. Huelga decir que, al seguir este camino, ofreciendo sus destrezas para beneficio del engaño colectivo, un intelectual se convierte en una negación de su naturaleza crítica.
Con certeza, las retribuciones que causaba esa combinación de palabrería con falacias remunerativas hizo apetecible la conquista del título de abogado. Conforme al autor de Pueblo enfermo, la familia provinciana se ilusionaba con presentar al hijo como doctor. Es más, erróneamente, se consideraba que la portación del grado académico ya lo colocaba por encima de quienes no habían accedido a una educación superior. Se perseguía entonces la gloria, el poder y, como consecuencia de éste, los enriquecimientos extraordinarios. Pueden hablar acerca de fines elevados, acentuar su desprendimiento en favor del país entero; no obstante, sus ambiciones han sido bastante primarias.
Lejos de acabar, esa tradición continúa vigente en Bolivia. Es el ejemplar caso de Álvaro Marcelo García Linera. Ocurre que, si bien uno puede formarse como autodidacta, sin necesidad de pisar la universidad, resulta incoherente y censurable recurrir al engaño para ser consagrado en ese campo. Como el doctor altoperuano de René Moreno, quien ejerce la segunda magistratura se ha obsesionado, aunque procure negarlo, intentando que lo encumbren con algún título. Recuerde usted lo que sucedió con su “licenciatura” en matemáticas, anotada en registros de orden público, pese a no haber concluido ni media carrera. Por otro lado, ese funcionario de Bolivia pudo haber criticado antes el régimen palaciego, las frivolidades en torno a títulos nobiliarios que enorgullecían a familias sin abolengo; empero, recibe gustosamente cualquier distinción institucional. El panorama es así de contundente. Ya no hay sólo impostura; su revolución ha encallado en una patética ridiculez.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto ha sido tomada del diario Página Siete.

20/4/18

Cuando el pensamiento es maléfico





El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. 
Octavio Paz


Estamos acostumbrados a concebir el pensamiento como algo positivo y, por tanto, deseable. Creemos que, merced a su ejercicio, los hombres se hallan en condiciones de progresar. Así, asociamos su puesta en práctica con el mejoramiento de nuestra existencia, tanto individual como social. Por el contrario, si llevamos a cabo actividades que le resultan adversas, lo venidero no podría sino ser considerado sombrío. Se entiende, pues, que, por sí misma, cualquier reflexión contribuiría invariablemente al bienestar de quien la consumara. La revisión del pasado nos ofrecería más de un ejemplo al respecto. Aludo a sujetos que, usando el cerebro, meditando y teorizando, habrían tenido una vida digna de ser admirada. Es más, si, como consecuencia de sus ideas, fueron perseguidos, nos parece natural decantarnos por venerarlos. El caso de Sócrates, condenado a beber la cicuta por sus peligrosos razonamientos, es un hecho que nos conmueve y todavía indigna.
Pero la realidad, en las diferentes épocas que están marcadas por nuestra capacidad reflexiva, tiene también otras experiencias. En efecto, imaginar que, cuando un hombre se sienta a discurrir sobre sus problemas, sólo podría suscitar cambios benéficos es erróneo. Se trata de una ingenuidad que, en su momento, fue refutada por Rafael del Águila. En 2004, este pensador criticó lo que llamó “falacia socrática”. En su criterio, aun cuando nos cause dolor, afectando el orgullo intelectual, ese maestro de Platón se había equivocado. Era falso que el pensamiento conduce necesariamente al bien. El mundo nos ofrecía diversas muestras de los daños que ciertas ideas —no escasas, sin duda— habían traído consigo. No niego que haya personas con muy meritorias intenciones, mortales para quienes sus respuestas resolverán todos nuestros conflictos; empero, los resultados pueden ser distintos de las intenciones del razonador.
No me limito a evocar planteamientos que, como en el caso del nacionalsocialismo, estén infestados por una grosera malignidad. Porque nos topamos allí con ideas que han sido forjadas para justificar los abusos, las agresiones físicas, hasta el asesinato. Son disquisiciones que, inequívocamente, alientan la perpetración de crímenes del todo infames. Sin embargo, en ocasiones, por más angelical que parezca, un ideario podría desencadenar situaciones similares. Sucede que, aunque hable usted del amor al prójimo, de la paz ganada gracias a los productos del pensamiento, nada garantiza su obtención. Aclaro que no descarto el riesgo del entendimiento traicionero. Con seguridad, cabe considerar la posibilidad de que los seguidores, fanáticos e intérpretes no tengan una mirada afín al objeto perseguido por su pensador predilecto. De esta manera, por ejemplo, enseñanzas en torno al humanismo podrían, debido a la obra del discípulo, alentar la inhumanidad.
En su libro Sócrates furioso, Del Águila cuestiona asimismo la premisa de que el bien nos lleve siempre al bien. Es que, según esa cándida creencia de los pensadores nunca maléficos, ellos jamás causarían daño mediante sus bondadosas cavilaciones. Lo cierto es que, por sus secuelas beneficiosas, se puede justificar aun la consumación de un acto negativo. Si no aceptáramos la validez de esta lógica, hallaríamos inaceptable que alguien mate a uno o más tiranos, causando un mal individual, pero, por otra parte, simultáneamente, restableciendo el sosiego entre sus conciudadanos. Está claro que, a veces, los caminos de la maldad pueden tener una buena meta.

Nota pictórica. Pensador es una obra que pertenece a Ivan Nikolayevich Kramskoy (1837-1887).


5/4/18

El mar, un opio de muchos bolivianos



  

Quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su época.
Goethe


En 1844, mientras reflexionaba sobre una obra de Hegel, Marx lanzó su famoso ataque: la religión es el opio del pueblo. No era el primer individuo que relacionaba los conceptos de fe y adormecimiento, hasta pasividad frente a las injusticias. En efecto, antes que él, tanto Heine como Hess habían formulado ideas similares, aunque sus analogías no tenían el mismo propósito. Tiempo después, Raymond Aron tomó la palabra y criticó al marxismo, denunciando que éste era un opio de los intelectuales. Así, quienes adoptaban esa ideología perdían su capacidad crítica, procurando que ningún elemento de la realidad sirviera para refutarlos. Según esta óptica, se debía desechar todo cuestionamiento, limitándose uno a repetir verdades de autoridades o superiores. Lo fundamental era evitar complicaciones, confiando en que un par de simplezas basten para explicarnos todo.
Como pasa con cuantiosos países, Bolivia nos ofrece una historia en la que no faltan los problemas de diferente naturaleza. Es innegable que ninguna sociedad carece de dificultades, pues nosotros mismos, en la esfera más privada, tenemos también momentos críticos. La desgracia es que, conforme al criterio expuesto por muchas personas, uno de los principales obstáculos para mejorar nuestra situación sería el enclaustramiento marítimo. Porque, junto con Sánchez de Lozada, ser un país mediterráneo es el argumento que sirve para explicar el subdesarrollo nacional. Es que, aun cuando Morales Ayma señale lo contrario, Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres de Latinoamérica. Las causas son diversas; sin embargo, la sola salida al Pacífico no resolverá nada. Lo que impide un mayor crecimiento son las normas dictadas por un régimen tan irresponsable como el actual. Resalto el peso de las cargas sociales y tributarias, la pésima justicia, contar con carreteras insufribles: un ambiente idóneo para no invertir.
Los problemas estructurales que tiene este país no se originan en la pérdida del litoral. Pensemos en la calamidad de tener gobernantes que se inclinan por las actitudes autoritarias. Bastaría con destacar que Mariano Melgarejo, uno de los bárbaros que gobernó Bolivia, fue presidente antes del conflicto con Chile, entre 1864 y 1871. Tanto él como un populista llamado Manuel Isidoro Belzu, desde hace dos siglos, nos recuerdan que, con o sin costa marítima, ha faltado el apego a la Constitución. No se ha tenido una cultura política que pueda considerarse democrática, con gobernantes dispuestos a respetar al ciudadano, sometiéndose a las leyes como cualquier otro mortal, además de contribuir al fortalecimiento de instituciones republicanas. Desde luego, la observación incluye a quienes integran esta sociedad. Porque resulta que, aunque la lección se repitió numerosas veces, aquella reincidencia no parece tener fin.
Con gusto, yo renunciaría a mi cuota del mar si, como contraprestación, me ofrecieran un escenario en el que se respeten la libertad, el sistema democrático, los derechos humanos. Este conjunto de requisitos mínimos, pero despreciados por incontables funcionarios, se constituye en una tarea mucho más urgente, acaso apremiante, superior, desde toda perspectiva, a la del mar. Mas no se lo nota porque, a veces, la patriotería, enfermedad que varios padecen, cambia el orden de las prioridades, descartando cualquier disidencia. Se pretende la clausura del debate acerca de las desventuras nacionales, amenazando con el desprecio popular a quienes salvaguardan una mirada distinta.

Nota pictórica. A orillas del mar es una obra que pertenece a Iván Aivazovsky (1817-1900).

23/3/18

La siniestra payasada





Somos una casta de soberbios. Llevamos en el tuétano del alma la soberbia y con ella la envidia. No he encontrado todavía entre nosotros majadero que se haya convencido de que lo es. Ante una cosa que no entiende sino a medias o que no entiende del todo, todo se le ocurre, menos confesar que excede de su capacidad.
Miguel de Unamuno y Jugo


En 1935, Simone Weil, filósofa y ensayista que llevó la coherencia de carácter ideológico a los extremos más desconcertantes, escribió una carta para su amiga Albertine Thévenon. Ya había tenido la experiencia de trabajar en una fábrica, distanciándose del mundo teórico que a numerosos izquierdistas, protectores entusiastas del proletariado, les bastaba. Ella dejó su puesto de profesora, cargo ganado merced a un excepcional desempeño académico, para tener esas vivencias. Por esta razón, cuando se dirigió entonces a su corresponsal, aprovechó para criticar al considerable grupo de sujetos que prometían un nuevo mundo, una genuina utopía obrera, pero jamás habían realizado labor alguna. Resumiéndolo, en sus palabras, los jerarcas bolcheviques eran una “siniestra payasada”.
No es necesario que recurramos al infortunio soviético para subrayar sucesos de tal índole. La economía, pongamos por caso, tiene varias épocas en las cuales ese absurdo resulta evidente. Pienso en los burócratas que, pese a no haber tenido negocios de ninguna clase, aunque sea una tienda para comercializar papel higiénico, pontifican cuando opinan sobre crecimiento, exportaciones y demás asuntos del ámbito ya señalado. Son diestros en divulgar predicciones acerca de políticas que, en sus sueños o, para los demás, pesadillas, tienen a la perfección como principal atributo. De esta manera, ellos pueden tomar pedestales de cualquier cámara empresarial, marcar el rumbo a seguir, indicar cuáles son los pasos que garantizan la victoria frente al fracaso, los triunfos ante toda miseria. El problema es que, cuando llega la hora de pasar a las acciones concretas, sus discursos triunfalistas y soberbios no sirven en absoluto. Es el instante en que su grosera falta de experiencia se vuelve dañina para quienes conforman la sociedad.
Desgraciadamente, no se creen sólo geniales en materia económica. Nos topamos también con autoridades que hablan de educación, pero sienten un profundo desprecio por el conocimiento. Pueden haber sido pésimos estudiantes o, entre otras facetas, bastante mediocres al momento de ejercer cualquier profesorado; sin embargo, no se sonrojan si se les pide legislar al respecto. Tienen, pues, la fórmula para resolver todos los problemas que, en su época de aprendices, nunca estimaron importantes. No interesa que jamás sientan el anhelo de acabar con su propia ignorancia, aun cuando ésta sea inagotable; para ellos, la cuestión puede ser despachada gracias a pocas afirmaciones. Es que lo único relevante pasa por reconocerlos como propietarios indiscutibles de la verdad. No cabe, por tanto, enseñar a pensar con libertad, sino adoctrinar para garantizar la existencia de obsecuentes ciudadanos.
Finalmente, siempre a cómoda distancia, reflexionarán acerca de la indigencia del prójimo. En circunstancias como éstas, los siniestros payasos expresarán su indignación por la injusticia que se produce cuando pocos se quedan con tanto, ahondando las desigualdades, eternizando un sistema del peor tipo. Siguiendo esta línea, pueden elogiar el poncho, alabar las bondades de abarcas y chinelas, aun reivindicar la sencillez de quienes tienen apenas una camisa dominguera. Con todo, una vez terminada su perorata, sentirán la urgencia de volver a usar prendas importadas, zapatos de cueros exóticos, corbatas estampadas, al igual que festines en los cuales su anterior auditorio no tiene entrada. Pese a ello, dicen ser la voz del oprimido, un verdadero portaestandarte de los marginados.

Nota pictórica. Payasos es una obra que pertenece a Walt Kuhn (1877-1949).

9/3/18

Pedagogía de la deslealtad





Querría ver un mundo en el que la educación tendiese a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial.
Bertrand Russell


En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner escribe sobre varias relaciones entre discípulos y educadores. A través de sus páginas, signadas por el encanto que suele distinguir la prosa del autor, nos encontramos con diferentes parejas; algunas son literarias, pero hay también filosóficas. Un caso que resulta llamativo es el de Martin Heidegger. Sucede que, en principio, fue alumno de Edmund Husserl; es más, sin su fenomenología, Sein und Zeit, la obra más conocida que escribió, jamás habría sido elaborada. No es casual que la primera edición estuviese dedicada a su entonces entrañable profesor. Sin embargo, con el paso del tiempo, su distanciamiento de las enseñanzas que había recibido sería cada vez mayor. No sólo hubo desapego intelectual, sino asimismo desamparo. Por enésima vez, la historia demostraría que los hombres no son siempre animales agradecidos.
Aconteció que, cuando ejercía el rectorado en la Universidad de Friburgo, donde había llegado a ser docente gracias al maestro, se atacó al profesorado judío. Eran tiempos marcados por la pesadilla nazi. Hitler había logrado el poder; en consecuencia, sus desvaríos y fobias se materializaban con toda rigurosidad. Heidegger, enemigo de la modernidad, se sumó a tal proyecto ideológico que, desde sus inicios, era digno del insulto. Así, aceptó ese cargo académico, por lo que debía cumplir con los dictados del partido. En esas circunstancias, como pasó con muchos docentes, su antiguo amigo fue aislado, privándosele del acceso a la biblioteca institucional, por lo cual no dudó en sentirse traicionado. El otrora brillante alumno ni siquiera asistió al entierro de quien lo había estimado bastante en sus años estudiantiles.
Si bien, aun cuando Ernst Nolte y otros biógrafos se esfuercen por moderarla, esa deslealtad de Heidegger no admite discusión en el plano cívico o político, quizá sea la única condenable. Ocurre que, antes de la llegada del nazismo al poder, ya se había producido una perfidia o, mejor aún, un cuestionamiento profundo al maestro. Sus ideas habían dejado de ser esclarecedoras. Lo criticó de manera creciente, pudiendo concluirse que, para él, los conceptos usados por Husserl merecían una reconsideración. Con todo, respecto a las reflexiones, existe aquí un gran trabajo del profesor. Es que, si, como educadores, aspiramos a forjar mentes autónomas, la mejor prueba de aquello es tener un discipulado contestatario. Es verdad que no se puede partir de la nada, despreciando del todo los conocimientos anteriores, incluyendo aquéllos facilitados por nuestros docentes. Negarlo sería un disparate. Pero, una vez entendidos esos fundamentos, puede asumirse una misión más grande, esto es, su revisión.
Por supuesto, no basta con advertir la multiplicación de alumnos insumisos para proclamar el espléndido nivel del educador. No hay mérito en el fomento de actitudes que, por caprichos, se rehúsan a examinar, evaluar y, si cabe, desestimar las enseñanzas impartidas por cualquier profesor. Lo que se busca es una crítica tan ilustrada cuanto contundente. De este modo, pueden remirarse conceptos que parecían indiscutibles, procurando su complementación o, en determinadas circunstancias, la rectificación. Conseguir que se asuma esta labor es la evidencia de un ejemplar ejercicio del magisterio. Fue lo que, respecto a las objeciones aristotélicas, también pudo haber sentido Platón. No es una tarea de menor envergadura; empero, si fuera exitoso, el proceso educativo debería conseguirlo.

Nota pictórica. La reunión es una obra que pertenece a María Bashkirtseff (1858-1884).

22/2/18

El proceso de la desvergüenza




La vergüenza constituye la más íntima atadura social que nos liga, por encima de todas las reglas concretas de la conciencia, a los patrones generales de comportamiento.
Peter Sloterdijk


En el cuarto libro de su magistral Ética a Nicómaco, Aristóteles reflexiona sobre la vergüenza. Para el famoso discípulo de Platón, su presencia en nuestras vidas resultaría provechosa desde la perspectiva moral. Pasa que, cuando somos incapaces de usar correctamente la razón, ese pudor nos serviría como alarma, alertándonos ante situaciones reñidas con lo bueno. Así, el miedo al desprestigio nos paralizaría, frenando un impulso que podría conducirnos a la burla o una contundente censura. Porque la revelación de una condición tan propia cuanto impublicable puede ocasionar esas consecuencias. Es verdad que se trata de un auxilio muy elemental, necesario sólo mientras seamos inmaduros y no sustentemos nuestras conductas mediante argumentos; con todo, puede contribuir a tomar decisiones atinadas. Si esto es válido en general, desde luego, tiene también cabida cuando hablamos de la política.
Careciendo de políticos que aprecien el valor del razonamiento y los escrúpulos, queda sólo apelar a la vergüenza. Siguiendo esta línea, un ciudadano contará con la esperanza de que, si bien su gobernante no tiene conciencia moral, podría ser moderado por ese temor al bochorno. No es una experiencia irrelevante. Hay mucha gente que cuida bastante de su imagen, evitando toda mancha, eludiendo cualquier contrariedad para el buen nombre. La situación se vuelve más clara en el campo del poder. Sin embargo, el problema se presenta cuando las autoridades no pueden ofrecernos ni siquiera un ápice de pudor. En este caso, abandonada la posibilidad del freno racional y, por otro lado, de las restricciones que se imponen a nuestras apariencias, queda una realidad indeseable, el peor escenario para ciudadanos con cierta decencia. 
Éstos son tiempos que llevan el sello de la desfachatez. Dejemos de lado la palabrería ideológica, los discursos que son lanzados para las tribunas con inclinaciones al éxtasis etílico, pues cabe decirlo sin ambages: durante los años del Movimiento Al Socialismo en Palacio Quemado, la falta de vergüenza se ha vuelto el común denominador. Pensemos en los múltiples, palpables y groseros actos de corrupción. No soy cándido ni tampoco acusador tendencioso. Sé que la inmoralidad pública no fue inventada por los oficialistas. Puedo mirar el pasado y contar numerosos ejemplos de funcionarios que incrementaban su hacienda gracias a negocios irregulares. La diferencia está en que, a lo largo de las presidencias del MAS, los corruptos se han vuelto deliberadamente vistosos. Las fotografías en medio de bebidas importadas, fiestas que parecen planificadas para genuinas celebridades, etcétera, evidencian ese encumbramiento de la sinvergonzonería.
Sin pudor alguno, además, se alegaba que habría un cumplimiento riguroso a la voluntad de los ciudadanos. No obstante, llegada la hora de reconocer una derrota, un resultado categóricamente adverso, se opta por el cinismo. No tienen a la razón de su lado y, como han perdido toda vergüenza, les resta el recurso del engaño. Claro que, debido a sus ya tenebrosos antecedentes, el descrédito es imposible de ser remontado. De este modo, con descaro, se dirigen a los demás individuos para comunicarles que su decisión no vale un céntimo. Proceden así porque se creen impunes, distantes de la guillotina, el patíbulo o cualquier cárcel. Empero, conviene recordar que ninguna desvergüenza garantiza el mantenimiento del poder. Patanes como Mussolini, Perón, Chávez y Castro prueban que tampoco viene acompañada de inmortalidad.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto es de AFP.