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16/11/17

Entre la erudición y el analfabetismo




Discursos ingeniosos o buenas salidas no son de uso más que en una sociedad ingeniosa; en la sociedad vulgar, son detestados por completo, porque para agradar en ésta hay que ser absolutamente insípido y limitado.
Arthur Schopenhauer


En un ensayo que fue publicado el año 1742, David Hume, gran ejemplo de cómo la filosofía puede coexistir con el buen humor, expuso una clasificación del ser humano. Así, conforme a su criterio, los individuos que se dedican a las operaciones de la mente pueden ser divididos en dos grupos: eruditos y conversadores. En el primer caso, hablamos de hombres cuyas reflexiones son tan complejas cuanto solitarias. Desde su perspectiva, la búsqueda de profundos conocimientos es una tarea que puede justificar nuestra existencia. Por otro lado, tenemos a quienes explotan asimismo su capacidad reflexiva, pero lo hacen ante cuestiones de la vida cotidiana, procurando compartir sus opiniones sin esperar el inmediato asentimiento del prójimo. Si bien consideran temas que no acostumbran ser atendidos en sesudos tratados, hay un esfuerzo por elaborar juicios razonables. Es más, pueden comentar tesis que formulan autores de diferente índole al participar en una conversación, pues sus charlas no exhalan necesariamente incultura.
En algún momento, el saber se distanció de la conversación. El resultado fue del todo indeseable. Pasa que, en un escenario como éste, se nos impone la obligación de soportar frivolidades, chismes y ocurrencias sin ninguna gracia. Es todo el material que se ofrece para departir con el prójimo. En nuestros tiempos, podemos añadir nuevos capítulos de una telenovela, los principales memes del día y, si hubiere mayor suerte, alguna noticia relacionada con la política. Son intercambios de palabras que, al final, no resultan útiles para enriquecernos. Aclaro que no se tiene grandes pretensiones al respecto; se pide algo más o menos edificante, capaz de, por sus cualidades, ser evocado en la subsiguiente semana.
Si las simplezas y superficialidades son un extremo, lo mismo se puede afirmar en el caso del academicismo que no produce sino aislamiento. Me refiero a catedráticos, científicos, escritores e intelectuales que hacen hasta lo imposible por no ser entendidos con facilidad. Nadie niega que, para ser comprendidas, las buenas ideas demandan un esfuerzo de carácter mental. Suponer que todos los problemas del universo, así como de nuestra vida, pueden ser despachados en dos minutos es un despropósito. Sin embargo, el arduo camino del conocimiento no tiene por qué agravarse con oscuridades, volteretas y laberintos del pensamiento. Asumamos la misión de comunicar, con claridad e ingenio, nuestros planteamientos. No impongamos a los otros la obligación de convertirse en una secta para, tras conocer nuestra jerga, recién saber qué pensar al respecto.
Consiguientemente, debemos buscar un justo medio. En otros términos, aunque variando un poco el razonamiento, podría sostenerse que precisamos hallar un punto intermedio entre la erudición y el analfabetismo. Porque, sea culto o ignorante, amigo del saber u objetor de las investigaciones profundas, la comunicación con los demás es posible. De conseguirse este objetivo, no sólo habría beneficios individuales, sino también provechos para toda la sociedad. Pasa que, cuando elevamos el nivel del diálogo, las probabilidades de que los demagogos nos cautiven son menores. Una ciudadanía sin sabios ni conversadores suele ser víctima de charlistas e iletrados afectados por la megalomanía. No es casual que, cuando acceden al poder, persiguen que todo contacto con la sabiduría sea obstaculizada. Prefieren celebrar las frivolidades, pues, gracias a su imperio, la continuidad al mando del Estado está segura.

Nota pictórica. La conversación es una obra que pertenece a Henri Fantin-Latour (1836-1904).

3/11/17

El humano problema de la mortalidad




La obstinada preservación de la vida es una prueba empírica a favor de cierto sentido de la existencia a pesar de todos los sufrimientos que esta implica y en contra de las concepciones nihilistas.
Juan José Sebreli


Es verdad que todo ejercicio del pensamiento puede resultar provechoso, pues, cuando hay rigor, nos distancia de las equivocaciones y los embustes. Con justicia, en diferentes épocas, se ha planteado que, aplicando la inteligencia, las personas contribuirían al mejoramiento de su vida, tanto individual como colectiva. Cuando razonamos, por ejemplo, acerca del pasado, notamos el valor de obras e instituciones que han sido útiles para establecer condiciones gracias a las cuales nuestra sociedad nos ofrezca un panorama decente, sensato, aceptable. Nadie discute que, en varias ocasiones, los individuos se hayan dejado llevar por el absurdo, perpetrando actos capaces de provocar descomunales masacres. Porque, si bien la racionalidad puede ayudarnos a identificar uno de los principales atributos del hombre, hay muchos que optan por despreciarla. Son ellos quienes pierden la posibilidad de transitar así por el mundo, procurando adoptar las decisiones menos funestas.
Pero no pensamos sólo en aquello que nos depara la vida. Sucede que, según lo precisado por Émile Bréhier, las tres dimensiones del hombre racional son historicidad, sociabilidad y, finalmente, trascendencia. Esta última se vuelve patente cuando tomamos consciencia de nuestra inevitable desaparición. Somos sujetos con un fin forzoso; por supuesto, al percatarnos de esta condición, podríamos experimentar más de un momento ingrato. Es que, aun llegando a la longevidad, esta existencia terrenal puede parecer insuficiente. Peor aún, sea con nosotros o el prójimo, el cese de las funciones biológicas puede considerarse una injusticia. No aludo al amor, que se opondrá siempre a esa pérdida; podemos toparnos asimismo con otras causas. No es insólito que los pesares fúnebres se originen en la falta del talento de quien fallece. De esta manera, no se extrañaría la bonhomía del difunto, sino sus habilidades para salvarnos del aprieto.
Robert Nozick expuso algunas razones que explican el rechazo a la muerte. Por un lado, tenemos la creencia de que dejamos una obra inconclusa. Como es sabido, cuando no impera la pereza, los años contemplan el modo en que forjamos planes, hasta utopías. Hay entuasismo al momento de concebir esas futuras transformaciones, lo cual puede ser compartido por nuestros semejantes. Al suspender su realización, queda el sinsabor de no haber sido testigo del acabamiento. Surge, por tanto, el lamento de lo que no se concretó. Con todo, aun cuando no hubiera proyectos de por medio, resistirse al deceso es igualmente posible. Se trata del segundo caso que señala el filósofo antes mencionado. En su criterio, nos aferramos a la vida porque creemos que podemos dar aún más, teniendo una valoración superior de nuestras capacidades. El enemigo no sería la carencia de virtudes; lo catastrófico llevaría la impronta del tiempo. Es lo que suele primar cuando se sufre por la muerte de alguien joven.
Se puede tener un rechazo a la muerte que resulte patológico. Pienso en los políticos que, una vez conquistado el poder, juzgan la vida inconcebible sin esos privilegios. No es casual que la historia nos muestre cuantiosos casos en los cuales el cetro fue un obligatorio acompañante del féretro. Para ellos, vivir sin la opción de mandar equivale a no existir en absoluto. Esto explica los abusos que cometen para preservar sus prerrogativas. Desde luego, entendemos también por qué insisten en usar su nombre para nominar coliseos, escuelas y cuanto edificio con recursos públicos se haya levantado.

Nota pictórica. La muerte y la mujer es una obra que pertenece a Hans Baldung (1484-1545).

20/10/17

La leal persistencia del ser




Ahora bien, que el hombre se esfuerce, por una necesidad de su naturaleza, en no existir o en cambiarse en otra forma, es tan imposible como que de la nada surja algo, como cualquiera puede ver con un poco de meditación.
Baruch Spinoza


En una de sus espléndidas exposiciones, Karl Jaspers señaló que la voluntad de una vida filosófica surge cuando, perdido y en el vacío, un individuo se formula determinadas preguntas, a saber: ¿qué soy?, ¿qué estoy dejando de hacer?, ¿qué debo hacer? Si bien podemos encontrarles utilidad en diferentes campos, se trata de interrogantes que versan sobre la realización del hombre. Porque resulta razonable que, a lo largo de los años, una persona busque su pleno desarrollo, concordando hasta con los impulsos más íntimos. Siguiendo este razonamiento, cuando nuestra existencia no se desenvuelve así, puede hablarse de frustración, desaprovechamiento del tiempo, fracaso o mediocridad. Resalto esta última palabra porque, a veces, se la emplea sin entender cabalmente su significado. Peor aún, no es raro el caso de alguien que se proclame su enemigo cuando, en realidad, podría servirle como portaestandarte.
El problema es que no todos valorarán de igual forma los proyectos del semejante. Habrá quienes, movidos por el optimismo y cierta indulgencia, fomenten sus aventuras, subrayando la importancia de no transitar por los mismos caminos. Respetarán, pues, el intento de tener una vida que sea auténtica. Empero, según cuantiosos sujetos, el criterio para saber si hubo algún adelanto puede ser distinto. Efectivamente, se creerá que todos deben ser juzgados de acuerdo con una sola perspectiva. En este sentido, si se procura la obtención de su beneplácito, uno deberá seguir esa línea marcada por las convenciones vigentes. Sólo de este modo, satisfaciendo requerimientos externos, nuestras actividades podrían ser merecedoras del encomio. Si, por ejemplo, usted se halla en una sociedad que prioriza el enriquecimiento como fin, sin consentir ningún escrúpulo, no podría conquistar la gloria merced a la mesura.
Se trata de reivindicar la unicidad. No es un tema menor. Hace varias décadas, mientras reflexionaba sobre filosofía jurídica, Werner Goldschmidt sostuvo que, para instaurar un régimen de justicia, era imprescindible respetar al individuo. Era un dictado del humanismo, ya que, teniendo una valoración positiva de la especie, todos debían ser tratados dignamente, evitando colocar cualquier obstáculo en su contra. Está claro que hay regímenes con otras creencias. Tenemos autoridades que no anhelan la presencia de hombres diversos, personas con distintas pretensiones, principios e ideales. Lo que se busca es la fabricación de súbditos que sirvan para engrosar legiones e insultar al contrario. La única manera de realizarse aquí es gracias al sacrificio en favor del que manda. Es el destino que se impone con gran desprecio a quienes, en algún momento, tuvieron la desventura de creerle.
Por suerte, la voluntad del gobernante nunca será suficiente para justificar el abandono de aquello que realmente somos. Nadie niega el sufrimiento que pueden causar sus abusos. Tampoco se piensa en la necesidad de tener héroes inquebrantables, gente que jamás se doblegue ni ceje frente a pavorosas torturas. Lo que se subraya es la posibilidad de mantener el ánimo sin menoscabos letales. Podemos contemplar cómo las adversidades inundan el horizonte, provocando dudas sobre la validez de nuestras convicciones. No obstante, la peor decisión sería el abandono del cometido de obrar conforme a lo que juzgábamos indispensable para tener una vida plena. Salvando el caso de quienes celebran su carácter gregario, es la mayor traición que se puede consumar, aquella cometida contra uno mismo.

Nota pictórica. Soledad es una obra que pertenece a Paul Delvaux (1897-1994).

8/10/17

Del arte y sus escarceos políticos




Tanta veneración del arte volvió prescindibles a los seres humanos. Hitler saludaba alborozado los bombardeos aliados sobre las ciudades alemanas porque despejaban el terreno para sus nuevos diseños.
John Carey


En uno de sus alegatos dirigidos a quienes lo juzgaban, Sócrates cuestionó a los atenienses que no valoraban la vida reflexiva. No bastaba con perseguir la satisfacción de necesidades materiales, afrontando aquellas urgencias que impone el cuerpo, así como las frivolidades del espíritu. Ocuparse sólo de dichos menesteres equivalía a desaprovechar tontamente nuestras facultades. Porque, conforme a su generosa pedagogía, todos estábamos en condiciones de acometer el distanciamiento del error, advirtiendo la facilidad con que muchos se confunden y resguardan necedades. De este modo, verbigracia, un militar podía estar seguro de saber qué significaba ser valiente; no obstante, al conversar con ese maestro del pensamiento, siendo impactado por elementales contraejemplos e interrogantes, notaba su ignorancia. Pero, aun cuando este descubrimiento de las equivocaciones propias resulte bastante remunerativo para el semejante, su filosofía nos ofrece más bondades.
Sucede que, además del acercamiento a lo verdadero, ese insigne filósofo nos deparaba el contacto con la belleza. El valor concedido a la contemplación estética no era, pues, menor; al contrario, todo individuo debía considerarlo indispensable para ser feliz. Desde luego, las personas podían toparse con expresiones de lo hermoso en diferentes circunstancias, ligándolo igualmente a diversos objetos. No pensemos en su previsible conexión con el amor; subrayemos ahora que la política ha recibido esas atenciones. Es que, en varias oportunidades, los hombres han encontrado bello el ejercicio del poder. Siguiendo esta línea, simples actores, humildes peones o envanecidos protagonistas nos enseñan una realidad de la cual no conviene olvidarse.

Cuando la política es bella

En 1936, Walter Benjamin publicó «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica». Es un ensayo que, desde una perspectiva cultural, procura la exposición crítica de algunos aspectos fundamentales del fascismo. Con todo, hay allí una idea que se destaca con claridad: la estetización de la política. En efecto, si nosotros analizamos varios regímenes, dentro o fuera de Occidente, hallaremos este fenómeno. En particular, lo que provocaría valoraciones estéticas de carácter positivo serían los recursos del poder asociados con la fuerza. Las armas, los tanques, el arsenal nuclear, lejos de llamar a la repulsa, generarían fruición. Frente a todo ello, como pasó con los futuristas de Marinetti, no correspondería sino su celebración. Es una razón que justifica la existencia de paradas militares y otras pomposidades ridículas. Los símbolos partidarios sirven asimismo para evidenciar esa manera de concebir el manejo del orden público. La indumentaria oficial tampoco se deja al azar. Recordemos que las SS tuvieron como diseñador a Hugo Boss, nada menos. Aportó también a este propósito Leni  Riefenstahl, cineasta que trabajó para inmortalizar en el celuloide películas recargadas de los desvaríos del nacionalsocialismo. El objetivo era no dejar espacio a otra clase de orientación.

Artistas al mando del Estado

Como es sabido, Platón propugnó una monarquía que estuviese al mando de un filósofo-rey. Posteriormente, con Marco Aurelio, emperador y estoico, un experimento así parecía materializarse, aunque, por variados factores, sin mostrar las perfecciones que aquél pensó en su momento. No se discute que un individuo meditativo e ilustrado pueda regir los destinos de una sociedad, tomando las decisiones primordiales en torno a sus problemas. El punto es que, pese a su lucidez, gobernantes de tal índole pueden equivocarse como los demás. Sin embargo, esto no debería emplearse como argumento para desdeñar la capacidad racional, encumbrando otros medios. Fue lo que hicieron quienes entendieron la política como una labor adecuada para las cualidades del artista. Es más, un sujeto como Goebbels la definió como “arte plástica del Estado”. Sus líderes tenían, por consiguiente, la misión de forjar una obra maestra, utilizando a los ciudadanos como material tan moldeable cuanto descartable. Se aspiraba a crear un hombre nuevo, una comunidad sublime; empero, los resultados nunca fueron rescatables. Nadie niega que, en cierto grado, el dibujante Adolf Hitler o un aficionado a la escritura como Mussolini, entre otros casos destacados por Juan José Sebreli, se hayan sentido artistas. Lo negativo es que, en lugar de brindarnos belleza, depararon muestras palpables del horror. Si tenían alguna sensibilidad, ésta era como la de Lenin, quien se conmovía cuando escuchaba a Beethoven, mas no tenía inconvenientes en planificar la liquidación del adversario. Tal vez su aparente creatividad sea útil para explicar la originalidad de algunos vejámenes.

Variantes del compromiso estético

No hay una sola relación entre los artistas y el poder. Por un lado, tenemos una especie de servidumbre que, sin oponer resistencia, contribuye al embellecimiento del régimen. No hablamos aquí de amenazas, persecuciones ni exilios: el aporte al sistema se realiza con gusto, sea por ignorancia, candidez u oportunismo. Porque hallamos seres dedicados a esas delicadas actividades que tienen un desconocimiento escandaloso de la historia y sus vicisitudes políticas. Encontramos asimismo a los que, por una vituperable inocencia, son optimistas ante quienes deberían inspirar desasosiego. Además, están los mortales que aprovechan cualquier circunstancia para subastar su talento, aunque sea muy exiguo. En este último caso, lo que menos interesa es el respeto a principios. Al respecto, evoco las transacciones entre los Rockefeller y el anticapitalista Diego Rivera. Salvo que haya sido una curiosa estrategia de ataque al Imperio, ese connotado muralista no irradió mucha coherencia.
Por supuesto, cabe reivindicar la existencia de personas que asumen posiciones distintas en el campo del arte. Sus posturas no denotan desdén ni pereza por conocer. Tampoco incurren en el absurdo de ilusionarse tras tener contacto con la demagogia. Finalmente, jamás están a la caza de musas autoritarias, ya que sus concepciones estéticas no varían según la ideología del cliente. Resumiéndolo, para ellos, las artes no tienen por qué adecuarse al ejercicio del poder, menos aún si éste es contrario a la libertad, valor sin cuya vigencia ninguna gran obra sería posible.

Nota pictórica. El agitador político es una obra de David Shterenberg (1881-1948).

6/10/17

Cuando una novela vuelve prescindible nuestra realidad




La idea de que el hombre es una realidad que depende o resulta de otras realidades –sean éstas sobrenaturales, naturales o sociales– no es descabellada. Al contrario: es plausible.
Octavio Paz


Tal como sucede con otros autores, Mario Vargas Llosa no concibe la posibilidad de escribir una novela sin considerar experiencias propias. No se discute que, a la postre, se trata de ficción, por lo cual habrá invenciones del narrador. Podemos partir de aventuras que nos tuvieron como ejecutores; sin embargo, la imaginación debe tener también cabida. Es verdad que dicho escritor estuvo en el Colegio Militar Leoncio Prado, acumulando vivencias dignas del recuerdo. Asimismo, durante sus años universitarios, integró un grupo comunista, Cahuide, merced a cuyos menesteres se percató de prácticas, actitudes e insuficiencias que servirían con fines literarios. Con todo, nada de aquello habría bastado para crear La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral, respectivamente; restaba su creatividad. En cualquier caso, hay una cercanía con lo real que vuelve sus historias más creíbles, al menos para quienes han conocido de circunstancias similares.
He fracasado en valorar positivamente las narraciones que me distancian de la ciudad. Soy un lector que busca historias relacionadas con lo urbano. Se trata de la única realidad que, salvo excepciones momentáneas, he conocido hasta el presente. Por esta razón, los cuentos de Horacio Quiroga no me fascinaron, peor aún Borrachera verde, novela escrita por Raúl Botelho Gosálvez. No obstante, hay autores que son capaces de llevarme a otros escenarios en los cuales cabe también la dicha. Frente a sus creaciones, la pretensión de una literatura tan urbana cuanto cosmopolita pierde fuerza. Quedo así colocado en un contexto extraño, ajeno, mas fascinante. Es lo que me pasa con las novelas de Manfredo Kempff Suárez.
Con Luna de locos, Kempff Suárez tornaba imposible el desdén por las historias ambientadas en el Santa Cruz de antaño. El desquiciamiento se asociaba con la pasión, incluso lujuria, para ofrecernos páginas de antología. He vuelto a sentirme complacido por esa clase de narraciones. Su nueva novela, El escrito, lo ha conseguido sin mayores inconvenientes. Ya el título auguraba una experiencia grata; teniendo la doble condición de lector y escritor, no podía sino esperar sucesos con los cuales sentirme identificado. Era la idea que impulsaba su lectura; empero, las bondades fueron sobremanera mayores. Porque sí resultaba interesante cómo un joven, Rómulo, luchaba por convertirse en novelista. Tenía que lidiar con un abuelo materno, Arístides, a quien esos quehaceres eran sólo un indicio de poca hombría. Sus esfuerzos por llenar cada carilla gracias a una vieja máquina de escribir lo convertían en un personaje admirable. Pero sus vicisitudes no bastan para notar todo el provecho del libro.
 Es que, como no podía faltar en una obra de Manfredo, tenemos igualmente páginas marcadas por las debilidades y pasiones más ardientes del ser humano. En Santa Lucía de los Altos Montes, pueblo pequeño y con hermosas mujeres, varias historias han sido desencadenadas por móviles amatorios. Desde luego, no todos los escarceos terminan del mejor modo posible; al contrario, la excepción es hallar vínculos sin sufrimientos de por medio. Para muchos, el olvido, así como una especie de simulada amnesia colectiva, haría posible preservar un frágil orden familiar. Esto cambiará debido al ya comentado anhelo de ser escritor. Porque la novela de Rómulo, esa obra nacida entre vacas, insectos y un sol feroz, causará un vendaval que no conviene a usted despreciar. Su curiosidad, tanto moral como non sancta, se lo agradecerá.
 

24/9/17

El infortunio de caer





En la cabeza de la gente mediocre existe, inextirpable, la idea de que un hombre grande tiene que ser grande siempre y en todas partes, constantemente victorioso, siempre el primero de la clase… La verdad es muy otra: que cada hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples fracasos.
Giovanni Papini


Con regularidad, las palabras de Cioran nos invitan a pensar en nuestras limitaciones, debilidades y miserias. No es un autor que sirva para el enorgullecimiento del ser humano, impidiendo esa sensación de grandeza sin la cual cuantiosos semejantes no sabrían ni siquiera cómo sobrevivir. Otros individuos han asumido la misión de recordarnos cuán lejos podemos llegar, resaltando obras e ideas que acreditan talento. Ellos ayudan a renovar la confianza en el prójimo. Pero ésta es una labor que, aunque necesaria para el ánimo de distintos sujetos, no reconoce como propia quien escribió Ese maldito yo, entre otros volúmenes. No es el entusiasmo ni, menos aún, la esperanza lo que deja su lectura en muchos casos; nos constriñe a mirarnos con un rigor tan irresistible cuanto demoledor. Pienso en estas secuelas al evocar que, según ese filósofo apátrida, sin el deseo de gloria, el hombre es, a lo sumo, una planta consciente. Aspirar a esa suerte de inmortalidad estaría, pues, en nuestra naturaleza. Tal vez por ello, tras conquistar una cumbre cualquiera, la caída puede resultar bastante dolorosa.

Ocaso de un dandi

Hay pocos escritores que pueden competir con Oscar Wilde cuando se trata de lanzar sentencias breves y memorables. Es verdad que, en algunos casos, como sucedió con Whistler, repetía lo dicho por otra gente; sin embargo, sólo él concedía perpetuidad a las frases. Era un reflejo del genio que, desde su primera juventud, contó con diversos admiradores. Poeta, dramaturgo, ensayista y narrador, antes de agotar la treintena, tenía un prestigio que diferentes personas podrían considerar envidiable. Sus obras de teatro habían sido exitosas, al igual que los libros escritos hasta entonces. Aun hoy, mucho tiempo después de su muerte, leer «El príncipe feliz» o El retrato de Dorian Gray nos asegura una experiencia sobremanera grata. No es casual que Borges, Protágoras de la literatura, le haya dedicado provechosas páginas. No obstante, pese a estar casado con una mujer, Constance Lloyd, y tener juntos dos hijos, el vínculo sentimental que lo unió a lord Alfred Douglas, Bosie, produciría su caída. Por más rutilante que hubiese sido su creatividad en el campo literario, la moralina se presentaría para segar esos deleites.
Ocurrió que el marqués de Queensberry, padre del joven amante, se opuso a esa relación entre Wilde y su vástago. Noble dedicado a muy viriles actividades como la caza y el boxeo, pocas cosas podían resultarle tan indeseables como ese  lazo. Había un linaje que salvaguardar, evitando desdoros de cualquier tipo. No se debe imaginar a un escritor cobarde, huidizo frente al cuestionamiento del progenitor indignado. El artista se discutió con ese mortal sin perder su gracia. Pero el problema no se limitó a reclamaciones verbales; con insultos de por medio, suscitaron una disputa judicial. Por desgracia, para nuestro escritor, el proceso acabó con una condena en su contra. Pasó dos años en la cárcel. Cautivo, redactó una larga carta que dirigió a Bosie, en la cual le reclama por haberle hecho malgastar su tiempo. El conmovedor texto fue publicado tras su deceso con un título en latín, De profundis. Al recuperar su libertad, cambió de nombre, llamándose Sebastian Melmoth, perdió elegancia, tuvo sobrepeso y, prácticamente indigente, murió sin provocar gran pesar social.

Cómo desapasionar a un filósofo

La historia de un amor controvertido puede ser todavía peor para sus antaño admirados protagonistas. Es el caso de Pedro Abelardo, clérigo y pensador del siglo XII. Fue el profesor de filosofía y teología más joven de su época. Nada impedía predecir que se convertiría en una de las principales mentes del mundo. No obstante, irrumpió en su vida una culta, inteligente y agraciada Eloísa, varios años menor que él. Recurrió a su astucia para tenerla como discípula, prometiendo notables avances al tío más cercano, Fulberto. Así, nació un vínculo marcado por la pasión que dejó pronto embarazada a su alumna. Como no quería ver menoscabada su reputación, ofreció casarse a escondidas, produciéndose el enlace. Empero, la familia notó que el daño al honor no había sido remediado; peor aún, sus conciudadanos lo entendían como una burla. El filósofo continuaba gozando del respeto, exento de mayores angustias, visitando también a su clandestina cónyuge, quien se hallaba en un convento. En este contexto, surgió la necesidad de consumar una venganza mayor. Sería el único modo en que la honra quedaría reparada. El castigo no fue otro que la castración. El terrible acontecimiento se consumó con la brutalidad que una vindicta del medioevo aconsejaba. Emasculado, el lúcido expositor del problema de los universales se volvió monje, forjando respetables páginas, mas sin recuperar ninguna gloria. Por fortuna, junto a ella, nos legó un epistolario que vuelve casi palpable la pasión surgida entre ambos.

El desamparo del rebelde

Si la libertad no puede relegar a Inglaterra, Francia y Estados Unidos para entender algunas de sus importantes luchas, esos países nos ofrecen un nombre al respecto: Thomas Paine. Fue un valiente intelectual que llegó a ser elogiado por quienes cumplieron funciones de mando en tales naciones. Su compromiso era inquebrantable y sin cálculos políticos, reivindicando principios, deplorando el oportunismo de numerosas personas. Siendo inglés, propugnó la independencia de las colonias en América, ganando sus motivadores escritos, como Sentido común, cada vez más predicamento. Cuando triunfó la Revolución francesa, escribió para defenderla, publicando su reconocido trabajo Los derechos del hombre. En su país natal, cuestionó la monarquía, así como creencias de naturaleza religiosa. Con todo, los tres lugares le depararían un destino adverso. En efecto, tuvo que abandonar Londres porque, aunque había estado de acuerdo con sus ideas, Pitt lo procesó y vetó su obra. En París, Robespierre dispuso que lo apresaran y, además, quiso acabar con su vida, pues le molestó su oposición al Terror. Por último, Washington, antes amigo suyo, no intentó salvarlo, ya que le interesaba más la relación con el régimen francés. No sirvieron de nada las incontables jornadas que consagró a meditar sobre cómo mejorar esos Estados. Porque ser profeta en tierras propias o ajenas no garantiza ninguna clase de lealtad.

Nota pictórica. La caída de Faetón es una obra que pertenece a Joseph Heintz el Viejo (1564-1609).

22/9/17

La insania en el poder





Rara vez sucede, sin embargo, que los hombres vivan bajo la guía de la razón; sino que están conformados de tal suerte que la mayoría son envidiosos y se molestan mutuamente.
Baruch Spinoza


En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, encontramos al mejor Maquiavelo. Las páginas que contiene dicho libro no responden al propósito de ganar privilegios, seducir a gobernantes para gozar también del poder, aunque fuera éste arbitrario. No hay un príncipe que deba ser instruido para ejercer su mando sin preocuparse por ninguna restricción. La obra en cuestión despierta nuestro afecto por el orden civilizado, las reglas republicanas, los principios que hicieron grande a Roma. Esto no significa que su provecho resulte innegable sólo para esa época; por lo contrario, la grandeza está en su trascendencia. Pienso, por ejemplo, en su reflexión sobre cómo, al crear leyes, es necesario presuponer que todos los hombres son malos. Se aconseja tomar precauciones, evitar un ambiente propicio para incurrir en abusos. Por supuesto, no aludo a cualquier persona; mi premisa pretende alertar en relación con los gobernantes. Cabe pensar, pues, que, sin excepción, éstos son falibes, malvados y aun propensos al más furioso enloquecimiento.
Sucede que la irracionalidad, en general, incluyendo sus dimensiones maléficas y perversas, no es una rareza cuando estudiamos distintos periodos. En efecto, desde Calígula hasta Kim Jong-un, hallamos cuantiosos especímenes que permiten la combinación de insania con mando político. Es indudable que no todos han alcanzado los niveles de Nerón o Juana la Loca; sin embargo, corresponde presumir la existencia del problema en algún grado entre quienes ansían tener cargos gubernamentales. En esta línea, el ejercicio de una magistratura se concibe como un hecho indispensable para notar su relevancia. Por consiguiente, nada más razonable que encontrar sujetos proclives al engreimiento y el desprecio por la mesura. Percibimos un distanciamiento de la realidad que, paulatinamente, se desvanece ante sus ojos. Estando en esta pervertida situación, lo único que nos pueden ofrecer son delirios, seguras consecuencias de una inescrupulosa búsqueda del poder.
Salvo excepciones, más aún en Latinoamérica, los gobernantes suelen servir como claros ejemplos del delirio de grandeza. Pueden haber prometido, con juramento de por medio, que respetarían los frenos colocados para evitar el absolutismo, limitando su poder, recortando competencias e inmunidades. No obstante, en algún momento, movidos por las lisonjas, o hasta sin mediar ninguna de éstas, se decantarán por creerse supremos. Tendrán entonces el convencimiento de que los demás son tan inferiores cuanto prescindibles. Sólo ellos, ya con el juicio maltrecho, alejados de la sensatez, se considerarán insustituibles. Lo peor es que, por oportunismo, estupidez o el motivo que fuera, habrá personas prestas a respaldarlos. Son los súbditos de un monarca que, sin importar sus absurdos, lo defenderán para no enfrentarse con la realidad, una penosa, signada por mediocridades del peor tipo.
Porque, en determinados casos, se vuelve posible hablar de un desquiciamiento mayoritario. Ya no es un grupo reducido el que se resiste a obrar con cordura. El escenario cambia a tal punto que lo excepcional consiste en usar la razón. Empero, aun cuando se constituyera en una minoría, su lucidez e inconformismo la impulsarán a no claudicar ante los que se rehúsan al disciplinamiento lógico, moral o jurídico. No asevero que sea una misión sencilla; cuando los disparates se han normalizado, contrarrestarlos parece irrealizable. Mas hay siempre la esperanza de retornar por las vías del raciocinio.

Nota pictórica. Extracción de la piedra de la locura es una obra que pertenece a Jheronimus van Aken, el Bosco (1450-1516).