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12/1/18

Peligros para el animal crédulo




Pero si la gente no es inteligente, se contentará con creer lo que le han dicho, y podrá hacer daño a pesar de la benevolencia más genuina.
Bertrand Russell


Parece correcto que la credulidad no sea una rareza entre las personas. Se trata de una tendencia que no es resistida con firmeza; por el contrario, debido a su simplicidad, lo común es practicarla. Las preferencias del género humano irían por otros rumbos. Nuestra historia está compuesta por siglos en que, con pasión, nos hemos rendido frente al poder de astros, amuletos, animales, superhombres o entidades de distinta denominación. Se ha pretendido eludir el número de incertidumbres que, cuando uno empieza a pensar sin excluir ningún tema, amenazan con agobiarnos. Es el recurso que nos libera del advenimiento de crecientes dudas y perplejidades. Porque es posible que, gracias a esta suerte de anclaje, demos por terminados diversos debates, invitándosenos a una paralizadora paz o, peor todavía, estéril quietud del cerebro.
Dar por cierto algo que no ha sido considerado conforme a un criterio racional, juzgándolo válido sólo por el hecho de presentársenos así, puede causar problemas. En primer lugar, por esa pasividad, nos privaríamos de acceder a conocimientos que, siendo certeros o, al menos, discutibles, mejorasen nuestras decisiones. Habiendo concluido que ya tenemos una certidumbre, cualquier otra búsqueda resulta innecesaria. Es el fin de un espíritu curioso, vacilante, inquisidor, que cede su lugar para beneficio del dogmatismo. Esto implica la clausura del progreso individual, acabando con un despliegue que, para no cesar, necesita de los impulsos escépticos. Es indistinto que las fuentes de la certeza sean propias o ajenas; sin embargo, éstas últimas merecen una condena mayor porque no contienen ninguna contribución nuestra, limitándonos a ser meros replicadores, ordinarias cajas de resonancia.
Además del perjuicio individual, la cuestión puede contar con un carácter colectivo. Pasa que un panorama signado por crédulos puede ser bastante atractivo para quienes son diestros en materia de ilusiones sociales. Obviamente, si se quiere conocer el campo más peligroso, incluso minado, para los ingenuos, cabe pensar en la política. En efecto, cuando toda promesa se halla creíble, mereciendo nuestra cuota de fe, evidenciamos un sustancial desconocimiento del hombre. No se asegura que todos quienes acceden al poder sean engañanecios; resalto cómo la historia nos exige mirarlos con alguna desconfianza. Por haber procedido de manera contraria, muchos individuos fueron conducidos a la guerra, las hambrunas y hasta, cuando hubo un tardío despertar, el patíbulo. La educación ciudadana debería colocar el acento en ese tipo de actitud, ya que su presencia nos evitaría graves penurias.
No se plantea que desconfiemos permanentemente de todo, pues esto sería tan absurdo cuanto dañino: una indecisión perpetua volvería imposible elegir entre dos o más comidas; por ende, moriríamos de hambre. En el nacimiento del filosofar moderno, Descartes frenó su duda cuando se dio cuenta que pensar prueba la existencia de quien lo hace. Por lo tanto, el reto es encontrar los elementos fundamentales que se precisan para no trabajar sobre la nada. Sin esa base primordial, constituida por principios, ideales y premisas, la propia libertad sería un desperdicio. Es que, para ser valiosa, la elección debe responder a un escogimiento mayor: decantarse por una vida en la cual nadie nos impida elegir si creemos o, mejor aún, preferimos la desconfianza. Es el camino que podría salvarnos de quienes piden nuestra libertad, precio demasiado alto, para darnos una supuesta gloria.

Nota pictórica. Alegoría con amantes es una obra que pertenece a Paris Bordone (1500-1571).

29/12/17

La desmesura como vicio literario





La modestia inicial es necesaria por la escasez de conocimientos, pero no es cosa de pasarse la vida en el jardín de infantes.
Mario Bunge


La megalomanía no es un mal que afecte sólo a quienes disfrutan del poder. Nos hemos acostumbrado a políticos que no quieren abandonarlo, resistiéndose a cualquier pausa en su tenencia, sea ésta temporal o definitiva. En sus vidas, el único propósito que los seduce a cabalidad es ejercer el mando de manera exclusiva, perpetua y creciente. Porque no aludo a personas que se conformarían con un cargo menor, una posición modesta durante toda su existencia. Es que un ascenso implica mayores privilegios, aumentando el peso de sus órdenes, con lo cual, cuando hay esas creencias, la felicidad se torna palpable. Con todo, hallamos otros casos en los que dicho fenómeno se presenta. Es más, quizá perseguir la máxima gloria no sea tan infrecuente como muchos suponen.
Giovanni Papini, escritor que, tristemente, ya no es leído como antes, estaba seguro de su inteligencia suprema. En Un hombre acabado, autobiografía que publicó cuando tenía 32 años, dice haber nacido con una enfermedad: la grandeza. Si bien hay diferentes formas en que la brillantez de un individuo puede manifestarse, a él se lo debía relacionar con libros e ideas. Siendo aún adolescente, impulsado por el deseo de conocerlo todo, decidió escribir una enciclopedia. No pasó de la primera letra; sin embargo, tenía entonces una erudición admirable. Quiso después componer una historia universal, comentar toda la Biblia (reflexionó sobre el primer versículo del Génesis en nada menos que 200 páginas), se aventuró a comparar las principales obras literarias del mundo entero, ciñéndose luego a los textos en español. Ninguna de estas empresas llegó a buen puerto, pero le permitieron un notable progreso.
Como sucedió con Borges, el destino literario de Jean-Paul Sartre ya se dejaba ver desde la infancia. No era únicamente la dicha de leer, eludiendo una realidad que, en ocasiones, puede amargarnos el presente. Ocurre que, además del placer generado por narraciones y otros engendros de la pluma, él fue un escritor precoz. A esta cualidad, que siempre será extraordinaria, se debe añadir la capacidad de concebir planes descomunales y, por desgracia, malogrados. Su principal obra filosófica, El ser y la nada, debía ser complementada en otro volumen que nunca llegó. Aun cuando alcanzó 1.000 páginas, su monumental estudio sobre Flaubert, El idiota de la familia, quedó inconcluso. Pasó lo mismo con Crítica de la razón dialéctica, que rozaba las 400.000 palabras, o sus memorias, las cuales se limitaron a la niñez, expuesta en Las palabras.
Escritor y filósofo como Sartre, aunque sin experimentar gusto alguno por el existencialista francés, H. C. F. Mansilla cedió también a la tentación de los proyectos desmesurados. A los dieciocho años, estando todavía en el colegio, pensó en cinco trabajos de gran profundidad, cuya elección respondía, como todo lo que produce, a una rigurosa fundamentación. Ninguno fue concluido; empero, sus temas posibilitan advertir la seriedad del cometido: una biografía intelectual de Diego de Saavedra Fajardo, una historia cultural de Etiopía, una historia de Portugal y de los pueblos de habla portuguesa, un estudio crítico de los conflictos del Congo a partir de la independencia y, por último, una historia del mundo hasta la iniciación del proceso de modernización. La riqueza de su diversidad es indiscutible, así como loable. A veces, el mérito está en escoger a molinos de viento para su enfrentamiento  y no, al guijarro más inofensivo. Es otro criterio para medir nuestra grandeza.

Nota pictórica. Contemplación es una obra que pertenece a Filippo Palizzi (1818-1899).

24/12/17

Desmitificación de lo juvenil





En no saber bien, bien, todo esto, hay un peligro enorme. La juventud pasa, de una fe sin crítica y sin reservas, o bien a una tesis opuesta igualmente unilateral, o bien al escepticismo o a la inercia.
Carlos Vaz Ferreira


José Ingenieros, intelectual que se dirigió contra la mediocridad para promover su extirpación del mundo, no quería ser anciano. Su anhelo era fallecer antes de sufrir por aquel proceso decadente que los años traen consigo. Más allá del tema físico, por las dolencias, pérdidas y demás achaques que se dan, le preocupaba incurrir en vergonzosas incoherencias. Había notado que, por ejemplo, el pensamiento del último Kant entraba en contradicción con las afirmaciones realizadas antes de llegar a la senectud. Esto habría sido el producto del aumento de cobardía, un problema que se asociaría con la tercera edad. Para el también precursor de la criminología en América Latina, ésta era una situación que convenía ser evitada. En este sentido, debíamos aspirar a mantener una línea de comportamiento, actitudes, creencias que fuesen compatibles con las flamantes generaciones. Proceder de manera distinta era consentir nuestra propia petrificación.

Bríos para el poder

Entre los criterios empleados para legitimar el ejercicio del poder, encontramos a la edad. Hoy, específicamente, aludo a la vejez, pues se ha entendido que quienes tienen mayor experiencia en este planeta serían sabios, por lo cual podrían tomar las mejores decisiones. Es uno de los argumentos que, en su momento, sustentó la institución del Senado en Roma. Así, tener varios decenios encima garantizaba que los encargados de resolver problemas sociales contaran con la razón como guía. Predominaba entonces la prudencia y el apego al orden, virtudes que son propias del conservadurismo. Frente a un escenario como éste, hubo quienes reivindicaron las pasiones, lo emotivo, la necesidad apremiante de liquidar el pasado. Según esta óptica, el único modo de optimizar la sociedad era gracias al empuje juvenil.
Aunque ser joven no conlleva la carga de actuar sin pensar, los fascistas recurrieron a quienes contaban con esa edad para exaltar su fuerza. Los partidarios de Mussolini no tuvieron la exclusividad en ese cometido. Pasó lo mismo en Alemania, con Hitler, cuyo régimen creó unidades en las que participaban solamente jóvenes. El comunismo siguió tal lineamiento, acometiendo que, desde sus primeras décadas, las personas se identificasen con sus postulados. Hasta la religión, con la Acción Católica de la Juventud Francesa, fundada en 1886, había procurado organizarlos para perseguir fines con los que se identificaba. Empero, sea con móviles laicos o cristianos, no se pretendía su contribución intelectual, el aporte de nuevas ideas que iluminaran nuestra realidad; se los tomaba en cuenta sólo para la movilización. A ellos les correspondía ponerse en primera línea, soportar las represiones, aun morir mientras ardía la guerra.

Las aulas del irracionalismo

En 1982, el filósofo José Luis López Aranguren destacaba que, desde la década de los sesenta, se debía reconocer a los jóvenes como protagonistas del ámbito político. Estados Unidos, Alemania y Francia sirvieron para evidenciar el crecimiento del poder de quienes, siendo universitarios, apostaban por una transformación mayor. Libres de obligaciones parentales, tenían el tiempo y ocio suficientes para suscitar una insurrección demoledora. El problema es que sus posturas no fueron rigurosamente alimentadas por la razón, ese motor de cuestionamientos y revelación del error. Es más, en muchos casos, lo que prevaleció fue una empecinada búsqueda de su negación. Debía, pues, reinar la imaginación, lo visceral, cualquier clase de posición que socavara el orden vigente. Es por este motivo que toda especie de autoridad, incluyendo los profesores, no justificaba ninguna consideración, peor aún obediencia. Era la hora de proclamar el triunfo del absurdo.
No pueden olvidarse las relaciones entre activismo y violencia que se dieron en los años antes mencionados. El hecho de usar a figuras como Guevara o Mao no hacía sino reflejar su predilección por salidas en donde la concordia resulte inaceptable. Ni siquiera el misticismo, otro rechazo a la racionalidad occidental que los tuvo como practicantes, se liberó de aquello. La espiritualidad de un hippie llamado Charles Manson, quien pasó del amor y las drogas a instigar asesinatos monstruosos, es una muestra del peligro que puede acompañar al irracionalismo. Tal como lo ha indicado un marxista del siglo pasado, Georg Lukács, ese camino conduce a la peor barbarie. 

El reto de la madurez

Tras leer Pueblo enfermo, José Enrique Rodó se dirigió a su autor.  Señaló a don Alcides Arguedas que los males descritos en ese libro podían explicarse porque los pueblos de Latinoamérica eran “niños”. Se trataba de sociedades nuevas, por lo que la violencia, el caos, las arbitrariedades y los disparates gubernamentales debían entenderse como problemas transitorios. Ese pensador uruguayo estaba convencido de que, con el paso del tiempo, la situación cambiaría, mostrándonos países en donde la inmadurez fuera escasa o, mejor aún, inexistente. No se discute que la tarea era hercúlea; sin embargo, como toda de naturaleza cultural, resultaba perfectamente hacedera. Los puntos centrales eran acceder a la reflexión autónoma y, además, asumir responsabilidades mayores, terminando con cualesquier tutelajes. Me refiero a cuestiones de carácter individual, pues, mientras éstas no varíen, el infantilismo social permanecerá imperturbable.
Cuando la inmadurez impera en una sociedad, lo más seguro es que las prácticas políticas sean contrarias al libre debate, los ejercicios de autocrítica y, entre otros elementos, una valoración positiva del individuo. Así, el panorama que se nos presenta tiene como piezas capitales al romanticismo y una irresponsabilidad caprichosa. No es una falencia generacional. Esta realidad se da porque, salvo excepciones, personas de cualquier edad prefieren eludir los caminos complejos, poco estimulantes para buscadores del éxtasis adolescente, quedándose con la divinización del muchacho enmascarado que, bomba mólotov en mano, quiere contemplar cómo cae un tirano sin saber qué hacer al día siguiente. La desgracia es que no basta con una toma de universidades o del Palacio de Invierno; cabe después pensar en el mando. En ese momento, si hubiere fortuna, tendría que apelarse a las ideas y relegarse el insuficiente fervor de las movilizaciones del pasado.

Nota pictórica. Ícaro es una obra que pertenece a Sascha Schneider (1870-1927).

14/12/17

Escupiré sobre vuestra tumba




Llegará una época en que el sol alumbre sólo a un mundo de hombres libres que no reconocerán otro señor que su razón y en que los tiranos y los esclavos, y los sacerdotes y sus instrumentos estúpidos o hipócritas no existirán sino en la historia o en la escena.
Marqués de Condorcet


El título pertenece a una novela de Boris Vian, ingeniero, existencialista, bohemio y músico, entre otras facetas. No quiero referirme hoy al contenido del libro, pues, aun cuando sea éste importante, me impulsan otros designios. Pienso en la muerte y una ilusoria pretensión de vencerla. Porque, aunque sea un destino ineludible, existen hombres que, estando circunstancialmente en el poder, aspiran a derrotarla. Son ellos quienes, alentados por seguidores, suponen que lo venidero los tendrá siempre como protagonistas. Poco interesa que, sin excepción, las estadísticas muestren la ineficacia del mando absoluto para contrarrestar el deceso. Hay una larga lista de tiranos que, creyéndose superiores al resto, fueron abatidos por una enfermedad incansable o el paso del tiempo.
Aunque Juan Evo Morales Ayma pueda pensar lo contrario, él morirá como todos nosotros. Es indistinto que sus discursos evidencien el anhelo de gobernar Bolivia por décadas, siglos o milenios. Si accediéramos a creer un mito lanzado por García Linera, aceptaríamos que el jefe máximo del MAS nació en una cuna de cóndores, siendo convocado por el destino para regir este país. Ave suprema y todo, sin embargo, la situación se mantendría inalterable respecto a sus días en este mundo. No sirven de consuelo las resurrecciones, porque su cosmovisión es incompatible con éstas, ni los conjuros que santones caribeños podrían efectuar. Fidel Castro y Hugo Chávez son ejemplos de los límites que tienen esos sortilegios.
Consumado el fallecimiento, llegará la hora de juzgar su vida. Reconozco que hay la posibilidad de toparse con sujetos prestos a su glorificación. Ellos elogiarán al cocalero que, crecido en un hogar con penurias, fue parlamentario y, durante largo tiempo, ejerció la primera magistratura. Resaltarán que se convirtió en un símbolo de los oprimidos, fundamentalmente del indígena, siendo el seguro acceso a días mejores. Desde luego, dejarán de lado que, más allá del discurso, su régimen perpetró abusos contra esos mismos correligionarios. Intentarán que sea un abanderado póstumo de la ecología, pese a sus inescrupulosos afanes de industrialización, porque no sólo el Imperio tendría derecho a contaminar. Pero ni siquiera el  mayor esfuerzo de divinización resistirá, según espero, los embates ofrecidos por la realidad. Tendremos libros, periódicos, Internet y, no en menor lugar, memoria, medios gracias a los cuales concordaremos en lo falaz de tal relato.
Su legado para la democracia será igualmente deplorable. No se discute que haya obtenido victorias electorales. Puede haber cuestionamientos en torno a esos procesos, hasta denuncias de fraude. Lo cierto es que, con inocencia o mala fe, hubo personas dispuestas a respaldarlo en las urnas. No obstante, esa forma de gobierno exige más. Demanda que se respete la voluntad de los ciudadanos, estén o no de acuerdo con uno. Requiere asimismo que se garantice la posibilidad de disentir, resguardando los intereses minoritarios. Tanto él como sus partidarios, también mortales, dejarán una herencia que no justifica el aprecio de individuos tan autónomos cuanto críticos, reacios al sometimiento y la necedad del oportunismo. Admito que, tras la ceremonia fúnebre, me daré el trabajo de pasar por su tumba; empero, no será para dejarle flores. No esperen tampoco que tenga otra gentileza frente a las lápidas de sus ministros. Si de algo me sirve la vejez, será para darme estos gustos. Porque está claro que hicieron algo similar con mi voto.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto fue capturada por Samy Schwartz.

10/12/17

La pedagógica vida de Roa Bastos





Los temas de este gran autor hispánico son el yo y el otro, el destino individual y el destino histórico visto como destino compartido.
Carlos Fuentes


Para Sartre, un hombre no es sino la suma de sus actos. Podríamos añadir ideas, así como ensueños o incluso pasiones, puesto que son igualmente necesarios para definirnos. No obstante, entre todos estos factores, el peso de la experiencia es mayor. Porque los hechos que una persona realiza son indispensables para su entendimiento. Se trata de una reflexión que puede ser empleada en cualquier caso, aun cuando nos topemos con quienes sienten predilección por las ficciones.
Si, más allá de los razonamientos personales, son nuestras vivencias las que sirven para definirnos, todo autor debe ser sometido a este escrutinio. Sucede que, en estos casos, encontraremos a sujetos capaces de forjar una obra en la cual sus experiencias tendrán preponderancia. Esto no quiere decir que se desprecie su capacidad imaginativa. Subrayo apenas el necesario valor que se debe conceder a estos acontecimientos individuales cuando procuramos la comprensión de una obra. Es lo que corresponde al pensar, por ejemplo, en André Malraux, cuya vida casi se volvió una leyenda, y Augusto Roa Bastos, poeta, novelista, ensayista, dramaturgo, nacido hace poco más de 100 años, el 13 de junio de 1917.

Entre letras y violencia

Aunque asunceño, Roa Bastos vivió parte de su infancia en Iturbe, abandonando esa población el año 1925, cuando ya no podía continuar allí su educación. Una vez llegado a la capital, es guiado y protegido por un tío que era religioso, el monseñor Hermenegildo Roa. Este familiar fue muy valioso, ya que le permitió tomar conocimiento de diferentes libros, sin imponerle ninguna censura, nutriendo una preferencia por las letras que surgió gracias a su madre. Apunto que su primer texto fue una pieza teatral, La carcajada, compuesta por inquietud de su progenitora en 1930.
Pero el placer de los libros y otras actividades culturales fue interrumpido por la violencia. Contando dieciséis años, optó por ir a la Guerra del Chaco. Según él, estuvo en el peor lugar posible: la retaguardia. Fue aceptado como auxiliar de enfermería. En ese puesto, la grandeza de los hombres mostraba sus miserias. Es que, como pasaba con varias personas, los combatientes podían ser impulsados por el móvil de alcanzar la gloria; sin embargo, a veces, el destino era demasiado mezquino. No se tenía a míticos guerreros; él trataba con simples mortales, afectados por el cansancio, las enfermedades y, peor aún, una impactante sed. Tal como lo han precisado escritores bolivianos, destacándose Augusto Céspedes y su cuento «El pozo», ese fue un descomunal enemigo para los dos bandos. Nuestro autor lo expone, de modo magistral, en un capítulo de Hijo de hombre, novela del año 1960. Respecto a conflagraciones, acoto que, en la Segunda Guerra Mundial, viajó a Europa en condición de periodista, llegando a publicar un libro que recoge sus impresiones y entrevistas, La Inglaterra que yo vi.

Las huidas del terror

Desde la primera juventud, nuestro escritor no tuvo problemas en el establecimiento de vínculos sociales. Era un hombre que no rehuía esos círculos, más aún literarios, tanto nacionales como cosmopolitas. En Paraguay, integró el grupo Vy'a raity. Llegó a ser amigo de Guillermo Francovich, entre otros intelectuales que se hallaban en su país. A propósito, en 1943, comentó un libro, Pachamama, que había sido escrito por ese filósofo. Con todo, sus labores no estaban exentas de repercusiones políticas. No era un panfletista ni mucho menos; ejercía el periodismo de forma responsable, objetiva, lo cual no agradó al régmen vigente. Por esta razón, para evitar mayores represalias, tuvo que salir al extranjero en 1947. Se afincó en Argentina. Comenzaría así un largo periodo de ausencia, con pocas interrupciones, que terminaría cuando, casi medio siglo después, volvió a residir donde había nacido.
El aumento de su prestigio internacional le permite algunas satisfacciones. Vuelve a Paraguay en 1970, pero, por no variar sus opiniones, se impone nuevamente la salida. Lo sindicaron de ser un revolucionario marxista. Por cierto, como pasó con muchos intelectuales de la época, Roa Bastos leyó a Marx y Freud. En este punto, acentúo la coincidencia con Erich Fromm, quien se preocupó por propugnar un humanismo que, así sea de manera indirecta, tiene en los libros del autor paraguayo a un lúcido exponente. Cabe aclarar que, si bien no se reconocía como intelectual comprometido, preconizó la imposibilidad de vivir sin ideología.
1974 será un año significativo, pues aparecerá Yo el Supremo, una obra que discurre sobre Gaspar Rodríguez de Francia, quien rigió los destinos de Paraguay entre 1814 y 1840. Hasta ese momento, no existía ningún trabajo biográfico al respecto, lo que impuso a Roa Bastos la obligación de abrir sendas investigativas. El volumen será su aporte a la comprensión del poder absoluto y sus ejecutores, un fenómeno que tiene todavía presencia en Latinoamérica. No era una novela que agrade a regímenes autoritarios. Por este motivo, acaecido el golpe de 1976, abandona Buenos Aires y se establece en Toulouse, Francia. Desde entonces, impartirá clases de literatura y guaraní en su campus.

Compromiso cívico-cultural

Roa Bastos fue partidario de la democracia. Planteó asimismo que sus compatriotas terminasen con la extensa dictadura de Stroessner, aunque sin grandes penurias. Habló de pacificación y reconciliación, pidiendo que instituciones como la Iglesia católica y las fuerzas armadas acompañaran ese proceso. Lo hizo mediante carta abierta en 1985; siete años después, caído ya el autócrata, insistía en la necesidad de fortalecer el pluralismo, resaltando la misión encomendada a los partidos políticos. No había otro camino que el de las deliberaciones y el consenso para avanzar como sociedad.
Recibió el premio Cervantes en 1989. Fue una distinción que resultaba del todo justa. Cuando, mientras presentaba ese galardón, se dirigió al Parlamento de su país, anunció su apuesta por un proyecto, Fundalibro Cervantes, merced al cual niños y jóvenes tendrían acceso a libros subvencionados. Él quería contribuir al enriquecimiento cultural de sus conciudadanos. Volvió en 1996 con ese fin. Por desventura, su propuesta no prosperó y, con más pesares que alborozos, murió el 26 de abril de 2005.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto ha sido tomada del sitio de Internet de la Fundación Roa Bastos.

30/11/17

Políticas de ilustrados, caballeros y rufianes





Es necesario, por el contrario, que esto quede bien claro: nadie puede pensar que una libertad, conquistada durante estas convulsiones, tendrá el aspecto tranquilo y domesticado que algunos gustan soñar.
Albert Camus


En salones franceses del siglo XVIII, intelectuales como Voltaire y Diderot se encontraban con otros para dialogar acerca de diferentes asuntos. Teniendo una gran cultura, cada uno tomaba la palabra e iniciaba reflexiones que no generaban interrupciones groseras ni bostezos del semejante. Se hablaba de literatura, mas también del poder político. Madame Roland, por ejemplo, fue anfitriona de quienes, en esos ambientes, mediante las deliberaciones correspondientes, apostaron por contrarrestar el jacobinismo. Lo relevante es que, en tales circunstancias, era viable la posibilidad de conversar con el prójimo, razonar sobre sus posiciones, aun expresar desacuerdos profundos. Es cierto que no era un fenómeno masivo; sin embargo, nos muestra un nivel envidiable para zanjar nuestras controversias.
Aunque sin méritos en la historia del pensamiento, se ha contado con otras personas que persiguieron también una salida consensuada y viable a sus problemas de convivencia. No importa que, en las instancias parlamentarias, hubiesen estado rodeados de sujetos con pretensiones distintas; ellos se preocupaban por exponer argumentos, sopesar los del adversario y procurar la concordia en torno al mejor camino. Es una tradición deliberativa que, en diversas partes del mundo, tiene aún a varios practicantes. Ellos comprenden la necesidad de respetar las reglas que fueron establecidas para evitar caos, abusos e infamias. Si bien, desde su óptica, se reconoce que las pugnas en política son incesantes, esto no implica obrar sin escrúpulos. Por este motivo, al final, sus disputas nunca conllevarán la violencia para determinar quién debe ser obedecido.
Pero las luchas en ese plano nos ofrecen más casos. Porque no hay únicamente intelectuales o políticos caballerosos en este planeta; tenemos asimismo a quienes cuentan con otras características. Aludo a personas que desprecian la racionalidad, resistiéndose al debate y cualquier tipo de sensatez. En su criterio, lo que menos importa es el análisis de los mejores razonamientos; basta la voluntad, debiendo rechazarse las acciones contrarias a su imposición. Por otro lado, son abanderados de la impolítica, tratando a los demás como subordinados o enemigos. En su mezquina visión del mundo, las reglas han sido establecidas para favorecerlos sin excepción alguna. Todas las instituciones del Estado responderían a esta lógica. No les interesa que, con tono de escolar disciplinado, sus opositores les recuerden cuántos abusos han sido perpetrados hasta el momento.
¿Qué hacer frente a quienes ofrecen brutalidades en lugar del raciocinio y la caballerosidad? Ocurre que, salvo excepciones, comportarse como un señorito legalista y biempensante no asegura el arrepentimiento ni, menos aún, la derrota del régimen. Lo mismo se puede afirmar cuando pensamos en los que apelan sólo a la religión para terminar con las arbitrariedades. Cuando se lidia con ambiciones políticas, existen milagros que ninguna divinidad está en condiciones de consumar. En este sentido, debemos dejar de lado la inocencia. Entendamos que no todos desean vivir en una sociedad donde la libertad y los demás derechos fundamentales sean respetados. No pasa por bajarse al nivel de rufianes que atentan contra nuestra convivencia civilizada; el desafío es más complejo. Estamos en una época que no puede ser perjudicada por formalidades o rigorismos de ninguna índole. Tal vez Sartre tuvo razón cuando indicó que, en determinados momentos, no queda sino ensuciarse las manos.

Nota pictórica. Cristo y el hombre ciego es una obra que pertenece a Aksel Waldemar Johannessen (1880-1922).

16/11/17

Entre la erudición y el analfabetismo




Discursos ingeniosos o buenas salidas no son de uso más que en una sociedad ingeniosa; en la sociedad vulgar, son detestados por completo, porque para agradar en ésta hay que ser absolutamente insípido y limitado.
Arthur Schopenhauer


En un ensayo que fue publicado el año 1742, David Hume, gran ejemplo de cómo la filosofía puede coexistir con el buen humor, expuso una clasificación del ser humano. Así, conforme a su criterio, los individuos que se dedican a las operaciones de la mente pueden ser divididos en dos grupos: eruditos y conversadores. En el primer caso, hablamos de hombres cuyas reflexiones son tan complejas cuanto solitarias. Desde su perspectiva, la búsqueda de profundos conocimientos es una tarea que puede justificar nuestra existencia. Por otro lado, tenemos a quienes explotan asimismo su capacidad reflexiva, pero lo hacen ante cuestiones de la vida cotidiana, procurando compartir sus opiniones sin esperar el inmediato asentimiento del prójimo. Si bien consideran temas que no acostumbran ser atendidos en sesudos tratados, hay un esfuerzo por elaborar juicios razonables. Es más, pueden comentar tesis que formulan autores de diferente índole al participar en una conversación, pues sus charlas no exhalan necesariamente incultura.
En algún momento, el saber se distanció de la conversación. El resultado fue del todo indeseable. Pasa que, en un escenario como éste, se nos impone la obligación de soportar frivolidades, chismes y ocurrencias sin ninguna gracia. Es todo el material que se ofrece para departir con el prójimo. En nuestros tiempos, podemos añadir nuevos capítulos de una telenovela, los principales memes del día y, si hubiere mayor suerte, alguna noticia relacionada con la política. Son intercambios de palabras que, al final, no resultan útiles para enriquecernos. Aclaro que no se tiene grandes pretensiones al respecto; se pide algo más o menos edificante, capaz de, por sus cualidades, ser evocado en la subsiguiente semana.
Si las simplezas y superficialidades son un extremo, lo mismo se puede afirmar en el caso del academicismo que no produce sino aislamiento. Me refiero a catedráticos, científicos, escritores e intelectuales que hacen hasta lo imposible por no ser entendidos con facilidad. Nadie niega que, para ser comprendidas, las buenas ideas demandan un esfuerzo de carácter mental. Suponer que todos los problemas del universo, así como de nuestra vida, pueden ser despachados en dos minutos es un despropósito. Sin embargo, el arduo camino del conocimiento no tiene por qué agravarse con oscuridades, volteretas y laberintos del pensamiento. Asumamos la misión de comunicar, con claridad e ingenio, nuestros planteamientos. No impongamos a los otros la obligación de convertirse en una secta para, tras conocer nuestra jerga, recién saber qué pensar al respecto.
Consiguientemente, debemos buscar un justo medio. En otros términos, aunque variando un poco el razonamiento, podría sostenerse que precisamos hallar un punto intermedio entre la erudición y el analfabetismo. Porque, sea culto o ignorante, amigo del saber u objetor de las investigaciones profundas, la comunicación con los demás es posible. De conseguirse este objetivo, no sólo habría beneficios individuales, sino también provechos para toda la sociedad. Pasa que, cuando elevamos el nivel del diálogo, las probabilidades de que los demagogos nos cautiven son menores. Una ciudadanía sin sabios ni conversadores suele ser víctima de charlistas e iletrados afectados por la megalomanía. No es casual que, cuando acceden al poder, persiguen que todo contacto con la sabiduría sea obstaculizada. Prefieren celebrar las frivolidades, pues, gracias a su imperio, la continuidad al mando del Estado está segura.

Nota pictórica. La conversación es una obra que pertenece a Henri Fantin-Latour (1836-1904).