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13/8/17

Más allá de la mirada individual





¿Es sólo la prisa y el conflicto de la propia vida lo que refrena a cada uno o es también la estrechez de la mirada para el valor, la traba del yo fascinado de su singularidad, la incapacidad para extender una mano?
Nicolai Hartmann


En La náusea, novela fundamental del existencialismo, Sartre inicia sus páginas con una frase de Céline que resulta imborrable para quienes no adoran el sometimiento: “Es un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo”. Nada más que una persona, un semejante desprovisto de mandatos, representaciones e inciensos institucionales. No acentúo la irrelevancia en términos económicos, pues, conforme a esta línea, casi todos mereceríamos un juicio tan claro como aquél. La observación tiene otros carices. Me refiero al desdén provocado por las posiciones que adopta un solo sujeto. No interesa que se aleguen motivos válidos; por principio, cabe sentir desconfianza frente a su soledad. El problema se agrava cuando esa subestimación tiene ribetes políticos. Acontece que, de presentarse tal situación en el ámbito público, los derechos serán irrespetados mientras no haya un ejercicio colectivo. Son consecuencias del poder concedido al corporativismo.
La reivindicación del individuo no debe ser interpretada, en este caso, como una invitación al desprecio de los demás. El reconocimiento de que cada uno vale, tiene dignidad, contando con derechos y garantías, no asegura ninguna superioridad, menos aún intelectual. Es que la libertad de expresión puede servir también para pregonar tonterías. Así, debemos hacer lo necesario para resguardar condiciones que posibiliten la formulación de nuestras opiniones; sin embargo, no todas las ideas merecerán elogios. Además, si deseamos evitar conflictos o arbitrariedades, se vuelve indispensable pensar en cómo lograr que nuestras apreciaciones rebasen lo individual y convenzan al prójimo. Como vivimos en sociedad, por lo cual tenemos asuntos de carácter común, los que demandarán ciertos consensos, ésta es una labor imprescindible. Su ejecución ha sido intentada por distintos filósofos que, aunque pudieran haberse sentido seguros de ser genios, prefirieron buscar otra mirada. En este afán, podemos hablar de tres conceptos, cuya distinción es beneficiosa, a saber: objetividad, imparcialidad y neutralidad.

Objetividad

En una ponencia del año 1963, mientras exponía sus criterios acerca de problemas, responsabilidades y fines científicos, Popper habló sobre la objetividad. Apuntó entonces que debíamos relacionarla con un enfoque crítico. En efecto, no había otra manera de concebir esa pretensión que a través del cuestionamiento. Siguiendo esta lógica, ser objetivo implicaba dejar abierta la posibilidad de participar en una discusión crítica. Nuestras teorías debían contar con esa condición; de lo contrario, no serían aceptables. Dado que un propósito como éste no se puede conseguir aisladamente, la existencia de una comunidad investigativa es infaltable. Sus integrantes son quienes, en una suerte de cooperación hostil-amistosa, con los respectivos debates e interpelaciones, contribuirán al descubrimiento del error, intentando que fracase la tesis puesta a su consideración. Cualquiera que, desde un primer momento, haga lo imposible por evitar la refutación de sus explicaciones o predicciones, sin importar el campo intelectual donde trabaja, estará incurriendo en una deshonradora inconducta.
Como la objetividad conlleva una presentación de nuestras ideas que sirva para suscitar debates al respecto, corresponde pensar en algunos mandatos éticos. El más importante tiene que ver con la obligación de ser transparentes. Esto significa que, aun cuando la elaboración de una teoría haya exigido gran esfuerzo personal, al encontrarnos con elementos contrarios a su plausibilidad, debemos darlos a conocer. Hay que mostrar, por tanto, la totalidad de las luces y aparentes sombras, un panorama gracias al cual se podrán llevar a cabo deliberaciones satisfactorias. Solamente actuando de esta forma, con una exposición plena, las persuasiones en el terreno del conocimiento son admisibles. No es inútil resaltar que, cuando un par de interlocutores en disputa decide seguir ese camino, cualquiera puede convencer o reconocer su equivocación. Es el riesgo que trae consigo este modo de aproximarnos a lo verdadero. La otra opción es mantener nuestras opiniones como si fuesen dogmas sacrosantos, rechazando su tratamiento en toda controversia.

Imparcialidad

Al comenzar El olvido de la razón, Juan José Sebreli señala cuánta seriedad alberga ese trabajo. Como suele pasar en sus libros, cada capítulo ha sido elaborado con detenimiento, revisando datos, escrutando ideas. En sus palabras, él ha tratado de ser objetivo, sopesando argumentos sobre distintos representantes del irracionalismo; no obstante, entendemos que nunca persiguió la imparcialidad. Ocurre que ésta última equivaldría a una privación de postulados, valores e ideales, los cuales, en varias ocasiones, nos hacen tomar partido. En este sentido, dicho autor puede estudiar exhaustivamente a Lévi-Strauss, Lacan o Foucault, entre otros mortales, pero sin anular su postura intelectual. Porque Sebreli defiende la modernidad, gesta de Occidente que cree necesaria para tener una convivencia razonable. Su caso no es el del fanático que, gobernado por los prejuicios, se rehúsa al análisis del contrario. El patrocinio que brinda a la Ilustración surge por efecto del cuestionamiento, mas también merced al principio de autocrítica.

Neutralidad

Para las disputas de mayor envergadura, aquellas que pueden amenazar nuestra libertad o patrimonio, cabe recurrir a un tercero y esperar una solución. Si nos limitásemos a consagrar el criterio de cada uno, probablemente, jamás terminaríamos ninguna contienda. Es en estas circunstancias que irrumpe el valor de la neutralidad. Pienso en las autoridades que tienen el deber de crear y, además, aplicar normas sin abrigar ninguna preferencia o discriminación. Cuando el Estado no cuenta con esta cualidad, que reivindica Hayek y ataca Schmitt, se producen situaciones de injusticia. Serán luego estos acontecimientos signados por la iniquidad los que, partiendo de juicios individuales, pero asimismo pasibles a la crítica, favorezcan nuestra realidad.

Nota pictórica. El mar sin horizontes es una obra que pertenece a Eduardo Naranjo (1944).

11/8/17

De la condenable sacralización del libro





En el caso de las lecturas, esa oposición binaria se traduce siempre, por una parte, en un conjunto de enunciados represivos y por otra en otro conjunto de enunciados de carácter creativo, a veces educativo, de verdadero adoctrinamiento: prohibir lo nocivo y promover lo útil.
Robert Bonfil


Hay que temer al hombre de un solo libro. Tomás de Aquino lo dijo hace mucho tiempo; por desventura, pese a su acierto, la idea no ha sido considerada como correspondería. No me refiero a las personas que, durante toda la vida, se dedican a escribir una sola obra, un volumen capaz de reflejar sus más diversas ideas. En su caso, el lanzamiento de un texto, breve o extenso, puede resultar suficiente. Porque no todos tienen el talento y la disciplina requeridos para contribuir varias veces al enriquecimiento de las letras. El problema no se presenta debido a esa limitada producción; los inconvenientes surgen cuando alguien opta por alimentarse exclusivamente de sus páginas. Así, en cualquier campo del conocimiento, un individuo puede suponer que toda pregunta hallaría respuesta gracias a ese título. Por consiguiente, abandona la condición de lector y se convierte en fanático.  
No es difícil traer a la memoria las innumerables barbaridades y retrocesos de los libros que han sido presentados como divinos. No desconozco que, desde la Biblia hasta el Corán, cuentan con enseñanzas favorables a nuestra convivencia. Solamente quien se deja dominar por prejuicios radicales, impidiendo lecturas razonables, podría negar la existencia de algunos postulados sensatos. Sin embargo, la historia nos muestra que no han sido esas partes, signadas por una mayor prudencia, las predilectas entre quienes encumbran tales escritos. Sea como fuere, la regla es que se prefiera su exclusividad, menospreciando cualquier idea o cuestionamiento al respecto. No es una exageración sostener que la tolerancia se instaura entre los feligreses sólo cuando su religión pierde poder. Puede entonces consentirse el examen de otras opciones, incluyendo aquéllas que se creían perjudiciales, demoniacas.
En la era de las religiones políticas, no faltaron los libros que buscaban sustituir a la palabra divina. Según el criterio del régimen vigente, era la única fuente de sabiduría, imprescindible para justificar decisiones y pulverizar disidencias. La izquierda tiene diferentes ejemplos que ilustran esta reflexión. En efecto, con Karl Marx y El capital, los partidarios del igualitarismo ya no precisan a Dios ni tampoco, la Biblia. Esos tres tomos contendrían todas las explicaciones que se necesitan para entender la marcha del mundo. Es cierto que nos topamos con distintos intérpretes, algunos tan extravagantes cuanto difícilmente leales a la obra original; empero, jamás niegan su autoridad suprema. Cabe acotar que hubo quienes se animaron a ocupar un sitial de honor, elevando su propia creación. Aludo al Libro rojo, de Mao, el Libro verde, compuesto por ese tirano apellidado Gadafi, entre otras invenciones disparatadas.
Existe otra divinización que me resulta molesta. Sé que a los amantes del Derecho les puede causar fastidio; no obstante, el encumbramiento de la Constitución me parece criticable. Suponer que una ley servirá para cambiar nuestra vida, resolviendo los problemas fundamentales de un país, evidencia únicamente ingenuidad. Aunque haya gente que lo piense así, no es un instrumento mágico ni, menos todavía, una obra incuestionable. Como todo lo realizado por los hombres, admite mejoras, al igual que modificaciones profundas. No se concluya que soy una suerte de militante del anarquismo, enemigo de las leyes y el poder público. Admito el valor de tener una norma suprema para organizarnos con cierta cordura. Mi oposición aparece cuando alguien cree que todo se reduce a su respeto.

Nota pictórica. El lector es una obra que pertenece a Ferdinand Hodler (1853-1918).

6/8/17

Faceta política de la Reforma




El hombre no puede ser hombre y más allá de ello ejercer o no tanto un poder; ejercer ese poder es esencial para él. A ello lo ha destinado el autor de su existencia.
Romano Guardini


En Moral para intelectuales, libro del año 1909, Carlos Vaz Ferreira escribió sobre temas que sirven aún a fin de orientar nuestras acciones. Pienso en dos consejos que, al componer esas páginas, este filósofo uruguayo dirigió a sus conciudadanos: primero, ocuparse de la política; segundo, no convertir esto en una dedicación exclusiva. Sucede que, contando con varias dimensiones, una limitación tan rigurosa como aquélla podría considerarse negativa, perjudicial desde el punto de vista de la realización del ser humano. Lo han evidenciado épocas en las cuales ha predominado, casi de modo imperial, la política, pero también espacios donde la religión regulaba severamente nuestra vida. Recordemos lo que pasó en el medioevo, lapso que ofrece distintas lecciones acerca de cómo no se debe proceder si aspiramos a mejorar la convivencia. Con todo, concluyendo esa misma era, hace casi 500 años, se produjo un acontecimiento que ocasionaría cambios religiosos de trascendencia política: la Reforma protestante.

Purificar la religión

Las inquietudes de Martín Lutero son imprescindibles para entender lo que ocurrió en Europa. A él, en suma, le preocupaba que la religión se hubiese politizado. Tal como lo precisa Sheldon S. Wolin, Lutero estaba impulsado por el propósito de contribuir a que la Iglesia recuperase la pureza que los quehaceres y las mezquindades del poder habrían pervertido. Conforme a esta mirada, había dos males que debían ser cuestionados, justificando críticas del todo demoledoras. Así, por un lado, encontramos sus ataques a una estructura eclesiástica que no cumplía con ninguna de las misiones de índole divina, hallándose corrompida. Por otra parte, nos topamos con una censura de teorías que habrían sido perjudiciales para las verdades esenciales del cristianismo. Los escolásticos habían, pues, preferido las complicaciones innecesarias a la simpleza que contendría el texto bíblico. Tanto la burocracia institucional como los discursos de naturaleza oficial, añadiéndoseles conductas que irradiaban hipocresía, condujeron a ese teólogo al hastío.
Pero la descontaminación que intentaba efectuar Lutero tenía un marco ineludible. Desde las 95 tesis que clavó en Wittenberg, el 31 de octubre del año 1517, la confrontación equivale a una lucha política. Por más pureza que le hubiese querido dar, el lenguaje de la fe tenía un tono político, el cual sería nutrido con sus alegatos. Los conceptos de autoridad, obediencia y orden no eran despreciados, ni mucho menos, cuando se decantaba por usar la palabra. Lo hacía para vituperar las instituciones, el ejercicio del magisterio gubernamental. Sin ambages, sostuvo que el Papa era un dictador; asimismo, reivindicó los derechos del creyente. En síntesis, la relación con el poder, que es central en política, le resultó importante para fundamentar sus posiciones. No obstante, su cruzada en favor del carácter autónomo de la religión contibuiría a una secularización que sería después condenada por su inmoralidad.

Desmoralizar la política

Despolitizar la religión implicaba igualmente liberar las actividades políticas de toda injerencia religiosa, desteologizarlas. Es el campo que se tornará fértil para las ideas contenidas en un libro escrito en 1513, antes del inicio de la Reforma: El príncipe, de Nicolás Maquiavelo. Se procuró entonces un entendimiento de los asuntos ligados al poder que no consintiera ningún juicio valorativo; lo fundamental era describir, relegando afanes relacionados con la fe. Sin embargo, el surgimiento de una política autónoma, independiente del clero y sus prescripciones, no debía conllevar la ruptura con toda moralidad. Pasa que las normas de conducta en torno al bien no son exclusivas del ámbito religioso. Por más universales que pretendan ser, sus códigos no son el único criterio para sustentar éticamente la toma de nuestras decisiones. Esas normas pueden ponerse en cuestión, al igual que las autoridades encargadas de ampararlas. Mas el rechazo a esa u otra preceptiva moral no significa que se reivindique una vida de talante inescrupuloso. Es absurdo alentar un ejercicio de la política que se rehúse a cualquier ponderación ética.

Armonizar los poderes

El luteranismo no agota la Reforma; es más, sus críticas a las instituciones, tan explícitas cuanto subversivas, fueron contrarrestadas por Juan Calvino. Gracias a sus reflexiones y prácticas, el protestantismo incorpora la visión de un hombre preocupado por restaurar el respeto al orden político. El rechazo al sistema había provocado un aislamiento de comunidades que no deseaban sino una salvación espiritual. La dictadura de los anabaptistas en Münster, acaecida el año 1534, fue un ejemplo del extremo al que se podía llegar. Por este motivo, buscando una suerte de armonía entre ambos poderes, el calvinismo vuelve a confiar en el orden, la disciplina, esos sometimientos que toda sociedad precisa para su estabilidad. Ya no resultaba válido predicar que los gobernantes eran sólo represores, así como superfluos. Existían otras facetas que servían para los dos fines, político y religioso; en consecuencia, se debía instaurar una comunidad que albergarse ambos intereses.
Aunque hallamos aspectos bastante sombríos, como el régimen autoritario que protagonizó Calvino, puede asociarse la Reforma con un ambiente propicio para los debates políticos. Porque muchas obras se publicaron y difundieron merced a las condiciones que brindaron regímenes adscritos a esa religión. Esto no tenía nada que ver con el menosprecio a las labores intelectuales de Lutero, para quien leer la Biblia era suficiente. Además del aporte a la libre circulación de ideas, el protestantismo permitirá contar con virtudes que, según Max Weber, fueron determinantes para forjar el espíritu del capitalismo. El trabajo, una existencia frugal, la creencia en el éxito como bendición divina, entre otros elementos, habrían originado una mentalidad proclive a esas relaciones económicas. Si bien hay quienes refutan esta tesis, es innegable que varios países en donde el dogmatismo ibero-católico dejó su impronta no han ofrecido un clima favorable para la llegada del desarrollo. En cualquier caso, sea o no aceptable esa conjetura, su legado es indiscutible.

Nota pictórica. El retrato de Martín Lutero que ilustra mi texto es una obra realizada por Lucas Cranach el Viejo (1472-1553).

30/7/17

Cuando las ideas se vuelven conductas





Las ideas son interesantes, pero la gente lo es mucho más.
Sarah Bakewell


La filosofía puede ser entendida como una historia de conceptos. No es la única precisión que se ha formulado al respecto ni, desde ninguna óptica, debe considerarse irrebatible. Podemos creer negativo que, aun cuando hayan pasado veincinco siglos desde su aparición en Grecia, no se tenga todavía una definición categórica; con todo, lejos de ser penosa, esta indeterminación evidencia vitalidad. Es que tenemos la posibilidad de continuar con debates en torno a su naturaleza, función o, si alguien lo prefiere, inutilidad. Esto ha ocurrido en varias épocas, explotándose teorías, doctrinas y sistemas elaborados para intentar una mejor comprensión de lo que nos sucede. Desde la idea de razón, con que comienza esta tradición del pensamiento, según François Châtelet, hasta las nociones asociadas con el poscolonialismo, reflexionar sobre todas esas palabras se ha juzgado fundamental para reconocer a un filósofo. Pese a ello, además de lanzar preguntas y aventurar contestaciones, ese plano teórico debe ser complementado con la vida. Porque, así como concedemos valor a las ideas, conviene tener presente al comportamiento de quien se decantó por plantearlas.
En general, encontrar a personas que se caractericen siempre por la coherencia es difícil, tal vez imposible. Para Jeremy Bentham, se trata de la cualidad más rara que pueda ostentar un ser humano, por lo cual no cabe pensar en innumerables portadores. Lo menos complejo es respetar los principios solamente cuando las circunstancias y nuestros intereses vuelvan posible su observancia. Muchos sujetos pueden discursear en relación con las virtudes que dan sentido a su existencia; empero, una vez fuera del escenario, el contraste se vuelve total. A veces, ha sido mayor el esfuerzo por hacer verosímil una determinada creencia. Pasó, por ejemplo, con Tolstói, quien, público devoto de los campesinos, se vestía como ellos, aunque usando seda en lugar del material convencional. En su lógica, ninguna muestra de admiración servía para sacrificar el buen gusto. Obviamente, no ha sido la única persona que incurrió en este tipo de simulación, fingimiento o hasta impostura, desnudando cuán frágiles resultan aquellas convicciones.
Pero se han dado casos en los que la vida refleja también el ideario de una persona. El mundo antiguo, del cual nunca dejaremos de aprender, nos ofrece significativos ejemplos. Traigo a la memoria uno que no causa ninguna clase de indiferencia: Diógenes de Sínope. Lo evoco porque diversos pasajes de su existencia sirven para demostrar que intentaba ser coherente. Sus críticas, tan contundentes cuanto indiscriminadas, dejaban notar a un individuo que no deseaba el intercambio de favores por lisonjas. Fue quien despreció al propio Alejandro Magno cuando éste, otrora discípulo del esclarecido Aristóteles, quiso conocerlo para procurar alguna reflexión en conjunto. Ni siquiera en situaciones críticas se animó a efectuar concesiones. A propósito, subrayo que, cuando lo hicieron esclavo, el encargado de su venta le pregúnto sobre sus habilidades. Con su habitual desenfado, Diógenes contestó: “Sé mandar a los hombres. Pregona si alguno quiere comprarse un amo”. Huelga decir que su insolencia no le aseguraba un trato favorable; sin embargo, era una clara expresión de autenticidad.
Epicuro, filósofo injustamente vilipendiado, es otra muestra de congruencia. Para este pensador, el placer debía ser reconocido como nuestra piedra de toque. Cualquier otro criterio moral que aspirase a ser tomado en cuenta para sustentar una determinación era inaceptable. No hay que imaginar excesos del beber, comer o amar; por el contrario, al final, esas exageraciones se tornaban contraproducentes. El reto era elegir el disfrute, dejando de lado la inclinación al dolor o sufrimiento. Mas no era lo único que interesaba. Pasa que, además de perseguir el goce, tanto los amigos como la razón justificaban las consideraciones del ser humano. Estos conceptos confluyeron en un experimento libertario que tuvo al antedicho hombre de ideas como promotor: el Jardín. Fue una escuela de filosofía que ofrecía un ambiente en el cual las reflexiones, la fraternidad y los deleites eran fundamentales. No se pretendía el establecimiento de un centro con relaciones verticales, impuestas para garantizar la subordinación del alumno, incluso su sempiterna inferioridad. El fundador del hedonismo no era Platón; por ende, su objetivo contaba con características distintas. A él no le importaba la preparación de los nuevos estadistas, aquellos que serían llamados por el destino para regir su ciudad. Lo que buscaba y aplicaba mediante su comunidad cuasi edénica, aunque sin interferencias divinas, era un mejor modo de vivir.
No solamente hay una integridad signada por el disfrute de la vida. En ciertos casos, una línea de conducta puede ser tan rigurosa que ponga en riesgo la salud. Recuerdo la inflexibilidad que marcó a Simone Weil, notable pensadora del siglo XX. Estudiante de suprema calidad, pudo haberse dedicado sólo a los menesteres del campus. No obstante, ella tenía una serie convicciones que volvían imposible tal destino. Así, para conocer lo que era realmente la condición obrera, trabajó en una fábrica, experimentando los mismos pesares de sus colegas. No le resultaba suficiente la teorización al respecto, los esfuerzos especulativos para su comprensión, las sistemaciones desde un escritorio: era necesario estar en esa situación. Esto le hizo incurrir en radicalidades como, verbigracia, asbtenerse de comer porque otros oprimidos no podían hacerlo. Era su forma de mostrar solidaridad y, ante todo, ser leal a los postulados que creía defendibles. Actuó de tal manera sin medir las consecuencias. Nacida en 1909, falleció el año 1943, joven aún, porque su debilitado cuerpo no soportó los embates de la tuberculosis. Fue un desenlace que, según se cree, pudo haber sido contrarrestado si hubiese mediado un compromiso más relajado, es decir, una de las tantas hipocresías o astucias del presente.

Nota pictórica. Agonía en el huerto es una obra que pertenece a Giovanni Bellini (1433-1516).

27/7/17

Del inestable motor de la historia





Quien observa al mundo con sensatez, a ése lo mira el mundo de la misma manera.
Hegel


Al concluir su monumental trabajo sobre los distintos momentos, estadios o eras que atravesó nuestra civilización, Will y Ariel Durant publicaron Las lecciones de la historia en 1968. Hasta antes de su lanzamiento, habían escrito diez tomos, ofreciéndonos un análisis del pasado occidental que resultaba tan variado cuanto provechoso. Sin embargo, desde su óptica, era necesario reflexionar al respecto, pensar acerca de las enseñanzas que habrían dejado quienes nos antecedieron. Así, merced a los aciertos e innumerables equivocaciones del hombre, concebíamos la posibilidad de contar con una enorme maestra. Porque no tenemos el grado de originalidad que muchos suponen; al contrario, cuantiosos problemas nos persiguen desde los primeros tiempos, por lo cual, mirando hacia atrás, podrían servirnos para evitar reincidencias.
Pero concebir la historia como una pedagoga no es el único modo de hacerlo. Es igualmente posible que la entendamos como un proceso gracias al cual una sociedad se desarrolla. En este caso, al revisar el pasado, contemplamos una serie de acontecimientos que pueden ser asociados entre sí, presentándosemos como un conjunto más o menos coherente, útil para evaluar los cambios suscitados hasta hoy. Ocurre que, aun cuando el conformismo de numerosos sujetos lo haya deseado, la realidad social no ha permanecido invariable. Tenemos, pues, modificaciones de toda naturaleza que contribuyeron a mejorar, así como, en ciertos casos, empeorar, nuestra convivencia. Salvo que nos limitemos a propugnar una visión teológica, cabe reconocer al ser humano como único responsable de tales vicisitudes. Esto último conlleva la necesidad de considerar diversos factores, móviles que pueden influir en sus decisiones.
Es que, aunque seamos los autores exclusivos de cada experimento social, con sus bondades e infortunios, no hemos sido impulsados por una sola causa. Yo sé que a más de uno le gustaría creer en un pasado marcado profundamente por la racionalidad. Lo cierto es que, si bien nos ha acompañado en varias oportunidades, su ausencia fue asimismo significativa. En este sentido, tenemos cambios que han operado por mandato de la razón; empero, el pasado puede ser también humillante. Me refiero a tonterías, absurdos y dislates que han movido al prójimo, conduciéndolo hasta el encumbramiento de viles autócratas. Nos ayudó la luz, con seguridad, mas sin que aquello implique liquidar cualesquier tinieblas. Dejarse guiar por los sentimientos, las emociones y la pasión no ha servido para evitar ese funesto destino.
Desde la Edad Antigua, con Heráclito, el cambio se halla ligado a la violencia. Si examinamos lo que ha sucedido en los diferentes siglos, no podremos sino admitir la validez de su vinculación. Recordemos los innúmeros conflictos, batallas, guerras, golpes, revueltas y revoluciones: la fuerza produjo alteraciones de toda índole. No obstante, la diversidad humana nos salva del desaliento. Es que, además del combate, nos encontramos con la cooperación. Ningún futuro de la humanidad hubiera sido realizable sin que los individuos hayan establecido consensos, celebrando acuerdos y planificando una coexistencia menos ardua. Suponer que todo se resume a una lucha entre amos y esclavos, gente poderosa e inerme, es indudablamente falso. Debemos desconfiar de los reduccionismos que tengan estas características. El hombre no es un ser angelical, pero tampoco demoniaco; por tanto, sus obras, incluyendo la historia, deben ser estudiadas bajo esa premisa.

Nota pictórica. El joven bebedor es una obra que pertenece a Gerard van Honthorst (1590-1656).

23/7/17

Por una idea cabal de ciudadanía





El auténtico problema consiste en eliminar del poder a quienes lo buscan únicamente por el gusto del poder.
Albert Jacquard


Hoy, sin dificultad, gracias a los esfuerzos reflexivos y, además, por desgracia, un cierto talento para embaucar al prójimo, hallamos numerosas teorías sobre política. Desde tiempos antiguos, hubo personas que analizaron sus diferentes aspectos, tanto conceptuales como prácticos, suscitando debates al respecto. Por supuesto, no creamos que todas esas gimnasias del intelecto carecieron de trascendencia; es más, en muchos momentos, provocaron consecuencias tan prácticas cuanto terribles. Suponer que, en estas disputas públicas, las ideas tienen un valor secundario es una equivocación. No obstante, puede ocurrir que, debido a tantas especulaciones, dejemos de lado lo esencial. Me refiero al ejercicio del poder, lo cual implica que se hable también acerca de la relación entre quienes mandan y obedecen. En otras palabras, este vínculo de naturaleza política es el que hace posible nuestro acercamiento a una cuestión fundamental, la ciudadanía, sin cuya comprensión peligra toda convivencia razonable.
En 2004, el profesor Derek Heater publicó Ciudadanía. Una breve historia. Es un libro que, con claridad, explica cómo ha variado la concepción de tal idea en las distintas épocas. Conforme a su criterio, hubo tres tipos de relación ciudadana, estando cada uno ligado a un determinado régimen político. Un primer vínculo sería el que fue establecido con una persona en particular, sea tirano, autócrata, déspota o, contemporáneamente, caudillo. En este contexto, su mando no podía ser susceptible de cuestionamiento ni, menos aún, desacato. Por otro lado, tenemos el lazo que se instaura con un grupo. En este caso, acompañando las grandes revoluciones del siglo XVIII, se presenta como protagonista a la nación. Siguiendo esta lógica, deberíamos someternos a dictados que provengan de su autoridad. Por último, resultándonos más familiar, hallamos la relación que se fija con el Estado. Aludo aquí a los nexos que nacen por la voluntad de participar en un proyecto social con el cual estemos conformes.
Entre las virtudes que servirían para distinguir al ciudadano, cabe resaltar la lealtad. Conforme a la última concepción que tocamos arriba, aquélla relacionada con el Estado, esta fidelidad se traduciría en el respeto a las normas vigentes. De este modo, todas las órdenes y prohibiciones que sean establecidas para regir a quienes componen la sociedad deberían motivar nuestro sometimiento. Consiguientemente, los ciudadanos ejemplares serían aquellos que cumplen todo lo dispuesto por ley. Desde su óptica, el orden social tiene que ser objeto del respaldo más invariable. Pero este comportamiento, que puede parecer meritorio, pues nos distancia del caos y las inestabilidades anárquicas, cuenta con riesgos de importancia. Pasa que, si reducimos la ciudadanía a una sumisión plena al sistema normativo, nuestra conducta puede servir para convalidar injusticias. Porque, pese a tener una validez formal, hay disposiciones que, con su ejecución, pueden afectar valores, principios e ideales merced a los cuales la convivencia humana se vuelve aceptable.
En su análisis de la desobediencia civil, Hannah Arendt escribe sobre una clasificación que debemos tener presente: buenos ciudadanos y hombres buenos. Bajo la primera categoría, encontramos a sujetos que, ante todo, procuran cumplir con cada mandato establecido por las autoridades. Ellos pueden, en algún momento, albergar dudas en torno a la justicia de las decisiones gubernamentales; empero, al final, priorizan el obedecimiento. Fue lo que sucedió con Sócrates. Este baluarte de la filosofía propició que cuantiosos individuos formularan críticas, pusieran en cuestión diversas creencias, desencadenando inquietudes entre quienes representaban al poder. Por esta razón, utilizando argumentos insostenibles, se le inició un juicio, obteniendo su condena. Dado que tanto el proceso como la sentencia resultaban racional y moralmente inadmisibles, se propuso a Sócrates llevar a cabo su fuga. El maestro de Platón se opuso. Su principal alegato fue que no podía causar una injusticia, es decir, traicionar a las leyes, menoscabar el sistema. En síntesis, ese glorioso pensador prefirió ser un ciudadano ejemplar antes que, por razones éticas, el desencadenante del desorden.
A diferencia del buen ciudadano, el hombre bueno condiciona cualquier acatamiento al respeto que merezcan sus convicciones éticas. De manera que, si hubiere normas contrarias a esas posturas, indispensables para entender su noción del bien, no habría sino una respuesta contestataria. Es lo que pasó con Thoreau y otros individuos cuando se opusieron al cumplimiento de la ley porque entendían su observancia como un hecho injusto. Así, de forma oportuna, se rechazó la guerra, el esclavismo, las discriminaciones, etcétera. Es verdad que necesitamos de normas comunes; sin embargo, su dictación debe ser sometida a crítica. La ciudadanía exige, por ende, que asumamos esta labor. Obviamente, al plantear esas objeciones, conviene relegar los caprichos y reivindicar la razón.
No se puede apartar la ciudadanía del conocimiento ni, peor todavía, de las limitaciones morales. Siguiendo este lineamiento, en una ponencia del año 1955, Leo Strauss asoció los conceptos de ciencia, civismo y humanismo. En efecto, para evitar que la creciente especialización científica sea nociva, impidiendo una comprensión de la totalidad, pues no habría conexiones interdisicplinarias, él juzgaba necesario regresar al punto de vista general del ciudadano. Esto implica recordar que la sociedad tiene objetivos mayores, capaces de conformar un panorama del cual no corresponde evadirse. A esta relación científico-social, importante para prevenir y resolver de mejor modo los problemas colectivos, se añade un elemento ético. No olvidemos que, allende las diferencias de situación, tiempo y espacio, existe una noción común, imprescindible para tener un orden decente: la dignidad humana. Porque no debe haber comunidad, sociedad o Estado que se levante contra esta cualidad.

Nota pictórica. Una mañana a las puertas del Louvre es una obra que pertenece a Édouard Debat-Ponsan (1847- 1913).

16/7/17

Filosofía de la intimidad





Lo íntimo y lo privado no son lo mismo. La intimidad es el gran descubrimiento que procede de la experiencia de lo social. La intimidad es lo oculto, de lo que no nos avergonzamos, o que en público no significa vergüenza.
Hannah Arendt


En su libro que le aseguró la inmortalidad, Ser y tiempo, Martin Heidegger concede al rumor un rango intelectual. En resumen, este pensador de la existencia sostiene que, merced a las hablillas, los chismes y cualesquier habladurías, podemos reflexionar acerca del ser. Esas conjeturas sobre la vida del semejante, sea o no cercano a nosotros, merecerían, por tanto, un análisis que demanda seriedad. Yo no secundo a quienes tienen inclinaciones maledicentes ni tampoco soy partidario del razonamiento que lanzó dicho autor; sin embargo, su apunte no me resulta indiferente. Acontece que, desde hace varios años, siento singular debilidad por biografías, memorias, autobiografías, diarios y epistolarios. Reconozco que, en ese ámbito, no me molesta fomentar la revelación de todas las facetas del prójimo, incluyendo sus miserias. Acoto que los textos que giran en torno a filósofos me producen mayor deleite, pues tornan posible la consideración de vida y obra, humanizando sus elucubraciones. Tal vez, gracias a las siguientes líneas, el contagio de esta predilección sea realizable.
Es imposible olvidar cómo comienza El porvenir es largo, texto autobiográfico de Louis Althusser. Son pocos los inicios de novelas que pueden competir con sus párrafos. Ese intérprete de Marx describe cómo daba un habitual masaje a su mujer, Hélène; no obstante, tras algunos minutos sin ser consciente de lo que hacía, ya era muy tarde: la había estrangulado. La demencia lo salvó del destino penitenciario. El también militante del Partido Comunista revela, por otro lado, la protección excesiva de su madre, quien le impedía disfrutar de los juegos infantiles, así como su tardío conocimiento del sexo. Desde luego, hay una explicación del modo en que se forjaron sus principales ideas, lo cual se agradece. Concebir la filosofía como una lucha de clases en teoría, por ejemplo, puede invitar a tener discusiones provechosas. Además, no relegó el impulso a mostrarse humilde, seguro de sus limitaciones. Para causar buena impresión, hacía saber a sus maestros lo que éstos deseaban oír, es decir, las coincidencias, alimentando ilusiones sobre un ejemplar discípulo, aunque practicante de la impostura. Con todo, está claro que su obra no se ha limitado al fingimiento, despertando interés acerca de los mecanismos ideológicos. Por otra parte, es menester apuntar que su militancia se mantuvo inmutable, aunque mediaran manicomios y cárcel momentánea. No se advierte la misma línea en varios de sus colegas.
Karl R. Popper cuenta en Búsqueda sin término, su autobiografía intelectual, cómo abandonó las filas del comunismo. Tras una movilización en la cual había participado y donde murieron algunos correligionarios, ocurrió algo que lo desconcertó: en lugar de sentirse compungidos, pesarosos, devastados, muchos camaradas estaban exultantes, pues, según ellos, la violencia agudizaría el conflicto, posibilitando su triunfo ideológico. Fue un hecho que lo condujo a una radical autocrítica. Nada justificaba que se obrara sin el menor sentido de humanidad. Es cierto que la policía procedió con brutalidad; no obstante, su culpa podía ser ampliada al bando contrario. Legitimar el uso de la fuerza en nombre del ensueño colectivista e igualitario era un despropósito. Pero ese desencanto, aun siendo tan aleccionador, no es lo único que interesa del libro ya señalado. Se tiene asimismo la explicación del falsacionismo, su magnífico aporte al conocimiento científico. Expone sus orígenes con la misma humildad que reconoce cuánto influyó Einstein en su elaboración. Por lo visto, el planteo de que la ciencia empieza y termina con problemas, los cuales nunca concluyen, evidencia cuánta importancia confirió a la modestia. Es una cualidad que, como sucede muchas veces, fue fijada en el hogar.
Si Borges fue criado para descollar en la literatura, a John Stuart Mill lo educaron con el propósito de que sea un gran pensador. Leer su Autobiografía es una invitación al vértigo, puesto que el padre, James Mill, lo instruyó de modo excepcional, suscitando logros precoces y admirables. Porque no hay que imaginar un programa de menores exigencias. Antes de los diez años, ese autor británico conocía del griego y el latín; además, ya había incursionado en distintas materias. Su pensamiento tuvo, por ende, una profunda marca del progenitor, un historiador y hombre de ideas que fue amigo de Jeremy Bentham, el utilitarista. Mas hubo también una influencia de carácter sentimental. Es que el insuperable amor de su vida, Harriet Taylor, fue fundamental para nuestro filósofo. Aportó a su existencia con afecto, pero se constituyó en un apoyo y fuente de importantes reflexiones. Conforme a lo expresado por Mill, sin ella, no hubiera sido escrito un volumen tan relevante como Sobre la libertad. Se prueba con ello que ninguna educación puede considerarse completa sin el encantamiento de los sentimientos.
No todos los amantes de la sabiduría se comportan como Séneca, Marco Aurelio y demás representantes del estoicismo. La vida virtuosa que propugnaban no fue capaz de persuadir ni, menos aún, fascinar a quienes, desde las instancias filosóficas, sobresalieron tras la Segunda Guerra Mundial: los existencialistas. Efectivamente, con Jean-Paul Sartre a la cabeza, esos escritores y artistas, como Boris Vian, tuvieron el objetivo de cuestionar las convenciones entonces vigentes. Hubo feroces debates, llegando a provocar el fin de algunas amistades. En cualquier caso, como lo reflejan las memorias elaboradas por Simone de Beauvoir, se dieron tiempo para gozar, sin importar la ocupación nazi. Es que el compromiso no era sólo intelectual; en La plenitud de la vida, con sus cenas y bailes, reuniones clandestinas e intensos ejercicios literarios, los valoramos desde una mejor perspectiva. Están allí lejos del rompimiento futuro con Camus y Merleau-Ponty, hasta de las severas objeciones que les generaba el liberal Raymond Aron. Por más que se hayan tenido desavenencias, primaba otro tipo de vínculo, uno en el cual no hallamos sino a la intimidad. Es ésta una dimensión del ser humano sin cuya contemplación jamás tendremos un juicio cabal de nuestros congéneres.

Nota pictórica. Jugadores de dados es una obra que pertenece a Georges de La Tour (1593-1652).