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23/7/17

Por una idea cabal de ciudadanía





El auténtico problema consiste en eliminar del poder a quienes lo buscan únicamente por el gusto del poder.
Albert Jacquard


Hoy, sin dificultad, gracias a los esfuerzos reflexivos y, además, por desgracia, un cierto talento para embaucar al prójimo, hallamos numerosas teorías sobre política. Desde tiempos antiguos, hubo personas que analizaron sus diferentes aspectos, tanto conceptuales como prácticos, suscitando debates al respecto. Por supuesto, no creamos que todas esas gimnasias del intelecto carecieron de trascendencia; es más, en muchos momentos, provocaron consecuencias tan prácticas cuanto terribles. Suponer que, en estas disputas públicas, las ideas tienen un valor secundario es una equivocación. No obstante, puede ocurrir que, debido a tantas especulaciones, dejemos de lado lo esencial. Me refiero al ejercicio del poder, lo cual implica que se hable también acerca de la relación entre quienes mandan y obedecen. En otras palabras, este vínculo de naturaleza política es el que hace posible nuestro acercamiento a una cuestión fundamental, la ciudadanía, sin cuya comprensión peligra toda convivencia razonable.
En 2004, el profesor Derek Heater publicó Ciudadanía. Una breve historia. Es un libro que, con claridad, explica cómo ha variado la concepción de tal idea en las distintas épocas. Conforme a su criterio, hubo tres tipos de relación ciudadana, estando cada uno ligado a un determinado régimen político. Un primer vínculo sería el que fue establecido con una persona en particular, sea tirano, autócrata, déspota o, contemporáneamente, caudillo. En este contexto, su mando no podía ser susceptible de cuestionamiento ni, menos aún, desacato. Por otro lado, tenemos el lazo que se instaura con un grupo. En este caso, acompañando las grandes revoluciones del siglo XVIII, se presenta como protagonista a la nación. Siguiendo esta lógica, deberíamos someternos a dictados que provengan de su autoridad. Por último, resultándonos más familiar, hallamos la relación que se fija con el Estado. Aludo aquí a los nexos que nacen por la voluntad de participar en un proyecto social con el cual estemos conformes.
Entre las virtudes que servirían para distinguir al ciudadano, cabe resaltar la lealtad. Conforme a la última concepción que tocamos arriba, aquélla relacionada con el Estado, esta fidelidad se traduciría en el respeto a las normas vigentes. De este modo, todas las órdenes y prohibiciones que sean establecidas para regir a quienes componen la sociedad deberían motivar nuestro sometimiento. Consiguientemente, los ciudadanos ejemplares serían aquellos que cumplen todo lo dispuesto por ley. Desde su óptica, el orden social tiene que ser objeto del respaldo más invariable. Pero este comportamiento, que puede parecer meritorio, pues nos distancia del caos y las inestabilidades anárquicas, cuenta con riesgos de importancia. Pasa que, si reducimos la ciudadanía a una sumisión plena al sistema normativo, nuestra conducta puede servir para convalidar injusticias. Porque, pese a tener una validez formal, hay disposiciones que, con su ejecución, pueden afectar valores, principios e ideales merced a los cuales la convivencia humana se vuelve aceptable.
En su análisis de la desobediencia civil, Hannah Arendt escribe sobre una clasificación que debemos tener presente: buenos ciudadanos y hombres buenos. Bajo la primera categoría, encontramos a sujetos que, ante todo, procuran cumplir con cada mandato establecido por las autoridades. Ellos pueden, en algún momento, albergar dudas en torno a la justicia de las decisiones gubernamentales; empero, al final, priorizan el obedecimiento. Fue lo que sucedió con Sócrates. Este baluarte de la filosofía propició que cuantiosos individuos formularan críticas, pusieran en cuestión diversas creencias, desencadenando inquietudes entre quienes representaban al poder. Por esta razón, utilizando argumentos insostenibles, se le inició un juicio, obteniendo su condena. Dado que tanto el proceso como la sentencia resultaban racional y moralmente inadmisibles, se propuso a Sócrates llevar a cabo su fuga. El maestro de Platón se opuso. Su principal alegato fue que no podía causar una injusticia, es decir, traicionar a las leyes, menoscabar el sistema. En síntesis, ese glorioso pensador prefirió ser un ciudadano ejemplar antes que, por razones éticas, el desencadenante del desorden.
A diferencia del buen ciudadano, el hombre bueno condiciona cualquier acatamiento al respeto que merezcan sus convicciones éticas. De manera que, si hubiere normas contrarias a esas posturas, indispensables para entender su noción del bien, no habría sino una respuesta contestataria. Es lo que pasó con Thoreau y otros individuos cuando se opusieron al cumplimiento de la ley porque entendían su observancia como un hecho injusto. Así, de forma oportuna, se rechazó la guerra, el esclavismo, las discriminaciones, etcétera. Es verdad que necesitamos de normas comunes; sin embargo, su dictación debe ser sometida a crítica. La ciudadanía exige, por ende, que asumamos esta labor. Obviamente, al plantear esas objeciones, conviene relegar los caprichos y reivindicar la razón.
No se puede apartar la ciudadanía del conocimiento ni, peor todavía, de las limitaciones morales. Siguiendo este lineamiento, en una ponencia del año 1955, Leo Strauss asoció los conceptos de ciencia, civismo y humanismo. En efecto, para evitar que la creciente especialización científica sea nociva, impidiendo una comprensión de la totalidad, pues no habría conexiones interdisicplinarias, él juzgaba necesario regresar al punto de vista general del ciudadano. Esto implica recordar que la sociedad tiene objetivos mayores, capaces de conformar un panorama del cual no corresponde evadirse. A esta relación científico-social, importante para prevenir y resolver de mejor modo los problemas colectivos, se añade un elemento ético. No olvidemos que, allende las diferencias de situación, tiempo y espacio, existe una noción común, imprescindible para tener un orden decente: la dignidad humana. Porque no debe haber comunidad, sociedad o Estado que se levante contra esta cualidad.

Nota pictórica. Una mañana a las puertas del Louvre es una obra que pertenece a Édouard Debat-Ponsan (1847- 1913).

16/7/17

Filosofía de la intimidad





Lo íntimo y lo privado no son lo mismo. La intimidad es el gran descubrimiento que procede de la experiencia de lo social. La intimidad es lo oculto, de lo que no nos avergonzamos, o que en público no significa vergüenza.
Hannah Arendt


En su libro que le aseguró la inmortalidad, Ser y tiempo, Martin Heidegger concede al rumor un rango intelectual. En resumen, este pensador de la existencia sostiene que, merced a las hablillas, los chismes y cualesquier habladurías, podemos reflexionar acerca del ser. Esas conjeturas sobre la vida del semejante, sea o no cercano a nosotros, merecerían, por tanto, un análisis que demanda seriedad. Yo no secundo a quienes tienen inclinaciones maledicentes ni tampoco soy partidario del razonamiento que lanzó dicho autor; sin embargo, su apunte no me resulta indiferente. Acontece que, desde hace varios años, siento singular debilidad por biografías, memorias, autobiografías, diarios y epistolarios. Reconozco que, en ese ámbito, no me molesta fomentar la revelación de todas las facetas del prójimo, incluyendo sus miserias. Acoto que los textos que giran en torno a filósofos me producen mayor deleite, pues tornan posible la consideración de vida y obra, humanizando sus elucubraciones. Tal vez, gracias a las siguientes líneas, el contagio de esta predilección sea realizable.
Es imposible olvidar cómo comienza El porvenir es largo, texto autobiográfico de Louis Althusser. Son pocos los inicios de novelas que pueden competir con sus párrafos. Ese intérprete de Marx describe cómo daba un habitual masaje a su mujer, Hélène; no obstante, tras algunos minutos sin ser consciente de lo que hacía, ya era muy tarde: la había estrangulado. La demencia lo salvó del destino penitenciario. El también militante del Partido Comunista revela, por otro lado, la protección excesiva de su madre, quien le impedía disfrutar de los juegos infantiles, así como su tardío conocimiento del sexo. Desde luego, hay una explicación del modo en que se forjaron sus principales ideas, lo cual se agradece. Concebir la filosofía como una lucha de clases en teoría, por ejemplo, puede invitar a tener discusiones provechosas. Además, no relegó el impulso a mostrarse humilde, seguro de sus limitaciones. Para causar buena impresión, hacía saber a sus maestros lo que éstos deseaban oír, es decir, las coincidencias, alimentando ilusiones sobre un ejemplar discípulo, aunque practicante de la impostura. Con todo, está claro que su obra no se ha limitado al fingimiento, despertando interés acerca de los mecanismos ideológicos. Por otra parte, es menester apuntar que su militancia se mantuvo inmutable, aunque mediaran manicomios y cárcel momentánea. No se advierte la misma línea en varios de sus colegas.
Karl R. Popper cuenta en Búsqueda sin término, su autobiografía intelectual, cómo abandonó las filas del comunismo. Tras una movilización en la cual había participado y donde murieron algunos correligionarios, ocurrió algo que lo desconcertó: en lugar de sentirse compungidos, pesarosos, devastados, muchos camaradas estaban exultantes, pues, según ellos, la violencia agudizaría el conflicto, posibilitando su triunfo ideológico. Fue un hecho que lo condujo a una radical autocrítica. Nada justificaba que se obrara sin el menor sentido de humanidad. Es cierto que la policía procedió con brutalidad; no obstante, su culpa podía ser ampliada al bando contrario. Legitimar el uso de la fuerza en nombre del ensueño colectivista e igualitario era un despropósito. Pero ese desencanto, aun siendo tan aleccionador, no es lo único que interesa del libro ya señalado. Se tiene asimismo la explicación del falsacionismo, su magnífico aporte al conocimiento científico. Expone sus orígenes con la misma humildad que reconoce cuánto influyó Einstein en su elaboración. Por lo visto, el planteo de que la ciencia empieza y termina con problemas, los cuales nunca concluyen, evidencia cuánta importancia confirió a la modestia. Es una cualidad que, como sucede muchas veces, fue fijada en el hogar.
Si Borges fue criado para descollar en la literatura, a John Stuart Mill lo educaron con el propósito de que sea un gran pensador. Leer su Autobiografía es una invitación al vértigo, puesto que el padre, James Mill, lo instruyó de modo excepcional, suscitando logros precoces y admirables. Porque no hay que imaginar un programa de menores exigencias. Antes de los diez años, ese autor británico conocía del griego y el latín; además, ya había incursionado en distintas materias. Su pensamiento tuvo, por ende, una profunda marca del progenitor, un historiador y hombre de ideas que fue amigo de Jeremy Bentham, el utilitarista. Mas hubo también una influencia de carácter sentimental. Es que el insuperable amor de su vida, Harriet Taylor, fue fundamental para nuestro filósofo. Aportó a su existencia con afecto, pero se constituyó en un apoyo y fuente de importantes reflexiones. Conforme a lo expresado por Mill, sin ella, no hubiera sido escrito un volumen tan relevante como Sobre la libertad. Se prueba con ello que ninguna educación puede considerarse completa sin el encantamiento de los sentimientos.
No todos los amantes de la sabiduría se comportan como Séneca, Marco Aurelio y demás representantes del estoicismo. La vida virtuosa que propugnaban no fue capaz de persuadir ni, menos aún, fascinar a quienes, desde las instancias filosóficas, sobresalieron tras la Segunda Guerra Mundial: los existencialistas. Efectivamente, con Jean-Paul Sartre a la cabeza, esos escritores y artistas, como Boris Vian, tuvieron el objetivo de cuestionar las convenciones entonces vigentes. Hubo feroces debates, llegando a provocar el fin de algunas amistades. En cualquier caso, como lo reflejan las memorias elaboradas por Simone de Beauvoir, se dieron tiempo para gozar, sin importar la ocupación nazi. Es que el compromiso no era sólo intelectual; en La plenitud de la vida, con sus cenas y bailes, reuniones clandestinas e intensos ejercicios literarios, los valoramos desde una mejor perspectiva. Están allí lejos del rompimiento futuro con Camus y Merleau-Ponty, hasta de las severas objeciones que les generaba el liberal Raymond Aron. Por más que se hayan tenido desavenencias, primaba otro tipo de vínculo, uno en el cual no hallamos sino a la intimidad. Es ésta una dimensión del ser humano sin cuya contemplación jamás tendremos un juicio cabal de nuestros congéneres.

Nota pictórica. Jugadores de dados es una obra que pertenece a Georges de La Tour (1593-1652).

14/7/17

Encumbramiento y degradación del hombre




El humanismo no es tanto una concepción del mundo como una valoración de la vida humana.
Mario Bunge

Cualquier mirada que sea puesta en el pasado, esforzándose por entender sus virtudes e insuficiencias, advertirá la existencia de varios cambios. Desde nuestra irrupción en el mundo, no adoptamos una posición siempre pasiva frente a las circunstancias que nos rodearon. Así, en las diferentes épocas, el ingenio de cuantiosas personas permitió transformaciones favorables a quienes han conformado la especie, incluso más allá del tiempo previsto inicialmente. No debe pensarse que todos estos avatares se dieron en medio del mayor consenso. Sucede que, aun cuando sea provechosa, una innovación como aquélla puede provocar oposiciones de gran firmeza. El rechazo a las alteraciones que pueda sufrir una realidad conocida, con la cual estemos bastante cómodos, ha sido también parte de nuestra historia. Contamos, pues, con individuos que, amparados en argumentos tradicionales, religiosos o hasta meros caprichos, reivindicaron la más rígida estabilidad.
Entre las ideas que ocasionaron cambios de indiscutible validez, cuyos efectos pueden ser aún apreciados, tenemos el humanismo. Gracias a Giovanni Pico della Mirandola, Erasmo y otros pensadores de la Edad Media, se cuenta con una valoración positiva del hombre que ha sido fundamental para orientar nuestras acciones. Sus principales postulados nos dejan sin alternativas: respetar la dignidad, inherente al ser humano, es un mandato que todo semejante debe cumplir. De nada sirve la soberbia que, con tono clerical, nihilista o ideológico, busque la justificación del quebrantamiento de tal principio. No se debe inferir que, al defender esta postura, somos partidarios de divinizar al hombre, proclamando su perfección. Podemos cometer innumerables errores; de hecho, nos equivocamos con regularidad, pero ello es necesario para progresar. En cualquier caso, ni siquiera nuestro prójimo más falible puede ser privado de la condición que impide su eliminación y desprecio.
Pero la dignificación del hombre no es una conquista que se pueda considerar definitiva. Efectivamente, tenemos ejemplos que demuestran cuán despreciado ha sido este concepto. El 11 de agosto del año 1937, por ejemplo, una decisión adoptada en Moscú lo prueba con espeluznante claridad. Ocurrió entonces que Nikolai Yezhov, a la sazón comisario del Pueblo para el Interior de la URSS, dispuso que, en tres meses, se debía liquidar a miembros del POW, organización polaca con la cual el régimen no tenía ninguna contemplación. Sus integrantes eran, en consecuencia, criaturas que no valía la pena respetar; al contrario, toda violencia utilizada para mortificarlos contaba con pleno sustento. Cumpliendo ese propósito, miles de personas fueron perseguidas, apresadas y eliminadas. Su presencia era un insignificante obstáculo para la vigencia del sistema.
El uso de la fuerza no es lo único que resulta útil para evidenciar actitudes antihumanas. Ciertamente, la creencia de que las personas son seres insustanciales, a quienes se podría desdeñar sin ningún problema, se nota en el ejercicio unilateral del poder. Porque tenemos gobernantes que, aunque pregonen su cualidad democrática y un profundo apego a la libertad de pensamiento, en realidad, no consienten restricción alguna, por lo cual su interés en escuchar al ciudadano es ficticio. Desde su perspectiva, ninguna de las ideas contrarias a su catecismo político sería respetable. En este sentido, los hombres quedan reducidos a la categoría de piezas, elementos de una máquina que tiene la única dignidad posible.


Nota pictórica. La figurita es una obra que pertenece a William McGregor Paxton (1869-1941).

30/6/17

La necesidad del periodismo de ideas




Nuevas formas de pensamiento y nuevos modos de lo pensable son creados bajo el apremio explícito de una historia.
Cornelius Castoriadis


Durante la ocupación nazi, Albert Camus dirigió en Francia Combat, un diario que permitió el magnífico encuentro de noticias e ideas. No era un medio en el cual se fomentaran la ira ni, menos aún, ese conformismo que, sin pudor, promovían los colaboracionistas. Habiendo nacido bajo el signo de las censuras, la libertad se constituyó en su valor capital. Pero esa resistencia frente a la barbarie del fascismo no era lo único que interesaba. En septiembre del año 1944, cuando no había cesado el horror de la Segunda Guerra Mundial, ese filósofo y escritor razonó acerca del periodismo. Demandó entonces que los hechos noticiosos sean acompañados de comentarios, reflexiones tanto morales como políticas. Era un aporte que se debía realizar en favor del público, pues, contando sólo con datos, una comprensión adecuada del presente resultaba muy difícil.
La necesidad de tener un periodismo crítico, renuente a las simplezas y los sometimientos, ha procurado ser satisfecha por diferentes intelectuales. En efecto, este compromiso se puede advertir gracias a las intervenciones de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Raymond Aron, Hannah Arendt y Umberto Eco. Son algunas de las personas que concibieron la prensa como un espacio en el cual se pudiese también pensar sobre lo informado cotidianamente. Sucede que, si bien muchos de los acontecimientos políticos, económicos y hasta culturales parecieran tan corrientes cuanto irrelevantes, es posible su consideración desde otra perspectiva. Me refiero al acercamiento conceptual, a los razonamientos que posibilitan un mejor entendimiento de todos esos fenómenos. Es cierto que, a veces, la racionalización se torna compleja porque percibimos genuinos disparates, cuyos protagonistas pueden ser oficialistas u opositores; sin embargo, el esfuerzo de ahondar al respecto jamás será contraproducente.
No se debe creer que la vanidad conduce a ese tipo de prácticas periodísticas. Puede haber casos de meditadores que anhelen las alabanzas del semejante; con todo, hay otras motivaciones. Ortega y Gasset, por ejemplo, escribía para el diario porque encontraba que era la mejor forma de contribuir al progreso del ciudadano español. Así, más lectores podían aproximarse a la filosofía, notar que sus teorías y sistemas no se destacaban por la inutilidad. Era una vía que hacía posible la crítica de orden social, los cuestionamientos imprescindibles para no eternizar el error. Fue lo que, a fines del siglo XIX, junto con varios compañeros de generación, acometió Unamuno para producir una verdadera transformación en su país. Ha sido igualmente la línea de Alcides Arguedas y, entre otros autores, Franz Tamayo, quienes prestigiaron al periodismo boliviano de su época.
El panorama que contemplamos hoy conduce al desaliento. No niego que haya todavía sujetos a quienes atraiga esa clase de periodismo y, por ende, lo practiquen, deparándonos producciones sobremanera valiosas. Empero, la norma es toparse con diarios, canales de televisión y radios en donde no tenga cabida el pensamiento, sino las ocurrencias. En lugar de informar con cierta profundidad, muchos prefieren las divulgaciones estridentes, livianas, incapaces del menor estímulo intelectual. Entiendo que, por temas comerciales, la frivolidad y el entretenimiento deban tener espacio en esos medios; no obstante, nada favorable surge del desprecio a las ideas. Pensemos en que, según Aristóteles, no somos únicamente animales; tenemos asimismo una razón susceptible de ser alimentada.

Nota pictórica. Pierrot es una obra que pertenece a Juan Gris (1887-1927).

16/6/17

Roa Bastos, un autor del desarraigo





En este oficio ha acertado algunas veces y se ha equivocado en otras pero siempre ha actuado con la honestidad más profunda del ser humano, conservando hasta el final su optimismo por la creación de una patria inclusiva, respetuosa de las diferencias, enriquecida por ellas, y pregonando la importancia de la educación como único modo de conseguirlo.
Víctor-Jacinto Flecha


De acuerdo con André Gide, tal como lo recuerda Juan José Sebreli, el arraigo es una condición que perjudica nuestro desarrollo. Según ese gran poeta, así como varios trasplantes pueden beneficiar a un álamo, por ejemplo, las mismas probabilidades de mejora se darían en el hombre. Por supuesto, no es una idea que fascine a quienes encuentran en el medio donde nacen los móviles fundamentales de su existencia. No sostengo que las circunstancias geográficas sean irrelevantes; al contrario, en ocasiones, sin su presencia, más de un descubrimiento tan reflexivo cuanto útil para la vida habría permanecido oculto. El problema se presenta cuando, impulsados por prejuicios, nos rehusamos a creer que otros escenarios puedan ofrecernos iguales o mejores bondades.
La fiereza de las luchas políticas ha causado innumerables desarraigos. La cesación de vínculos familiares y amistades es un impacto que no puede considerarse menor. Esto lo sufre todo individuo, incluyendo al que tiene por oficio la literatura. En efecto, siendo las ideas peligrosas para aquellos que conciben el poder como derecho al abuso, los escritores nunca fueron apreciados genuinamente en esos contextos. Por esta razón, hay una lista interminable de intelectuales que se vieron impelidos a emigrar, enfrentando diversos retos e incertidumbres. No obstante, algunos de ellos confirmaron su vocación merced a ese dramático traslado, siendo enriquecidos con vivencias y relaciones sin las cuales su obra es inexplicable.
El magistral Augusto Roa Bastos pasó más de la mitad de su vida en el extranjero. Nació hace casi un siglo en Paraguay, el 13 de junio del año 1917, y murió en 2005; empero, estuvo fuera del territorio guaraní durante mucho tiempo. Las primeras salidas no fueron violentas. Como periodista, visitó Europa, llegando a entrevistar al general De Gaulle, allende otras experiencias que se asocian con las letras. El forzoso abandono se dio en 1947, siendo constreñido a buscar otros destinos. Desde entonces hasta 1976, residió en Argentina. En ese país, fácilmente cautivador para quienes gustan de la cultura, su autoridad como narrador ganó firmeza. Publicó allí El trueno entre las hojas (1953), su primer libro de relatos. Era su paso de la poesía al terreno narrativo, tránsito que sería celebrado con justicia. El encumbramiento vendría luego, triunfando en un concurso de novela con Hijo de hombre (1960). Vería asimismo el lanzamiento en suelo foráneo Yo el Supremo (1974), creación que demuestra todo su talento.
Roa Bastos aprovechó su estadía en el extranjero y, gracias a ello, la literatura lo reconoció como uno de los notables hombres que optan por ejercerla. Tuvo cuantiosas amistades, gente que, más allá de las vicisitudes nacionales, coincidía con él en valores, principios y gustos. Sin embargo, esto no significa que Paraguay hubiese desaparecido de sus intereses. Es un autor que escribe en español, pero también usa el guaraní. Se preocupó igualmente del destino político de sus conciudadanos, suscribiendo cartas públicas, desafiando vetos del dictador Stroessner, quien hasta lo dejó sin pasaporte. No podía ser de otra manera. Por más que hubiese vivido en Francia desde 1976 hasta 1996, sintió el impulso de retornar a su país. Lo hizo para contribuir a la cultura. Fue una lucha noble, distinta de la Guerra del Chaco, en donde participó cuando era aún adolescente. Así, al final, ofreció a sus compatriotas lo mejor que pudo darle cada uno de los arraigos impuestos por la incivilidad.

2/6/17

Las ambivalencias de la igualdad




La igualdad moral, la importancia primaria igual de la vida de todos y cada uno, no significa que todos sean iguales en otros aspectos.
Thomas Nagel


En 1988, Leopoldo Zea publicó su provechoso Discurso desde la marginación y la barbarie. Es un libro que, más allá de las críticas relacionadas con la cultura, permite una reflexión sobre valores supuestamente en disputa. Me refiero a un par que ha originado debates de indudable relevancia: libertad e igualdad. En efecto, ese autor analiza la problemática planteada por su aparente incompatibilidad, descartándola con solvencia. Es que conseguir una no implica el desconocimiento o supresión de la otra. Sólo quienes defienden una concepción absoluta de cualquiera podrían rechazar su coexistencia, pues alegarían que toda limitación es imposible. En consecuencia, un hombre libre no tiene por qué temer ni, menos aún, deplorar las pretensiones igualitarias, salvo cuando éstas procuran conducirnos a la opresión.
Así como tenemos distintos valores, los cuales no son necesariamente negados por la igualdad, encontramos diversas situaciones en que su presencia se vuelve manifiesta, aunque tras mirar al prójimo. Sucede que, conforme a lo señalado por Norberto Bobbio, no podemos entender ese concepto ni tampoco su opuesto, la desigualdad, sin pensar en compararnos con los demás. En este sentido, debe recordarse que, si bien tenemos elementos comunes, por lo que puede hablarse hasta de un género humano, existen también diferencias del más variado tipo. Es evidente que podemos hallar coincidencias gratas, tan estimables como el aprecio por los libros o la repulsión frente a brutalidades políticas; no obstante, las ruindades están asimismo en condiciones de volvernos semejantes. No es suficiente la concordancia ni el desacuerdo; lo fundamental tiene que ver con su cualidad moral.
La revisión del pasado, con sus guerras y, en suma, horrores diversos, posibilita notar cuán sensato es reivindicar una igualdad de carácter jurídico-político. Ciertamente, nada parece más elemental que esto, excepto si aspiramos a forjar un orden en donde las condiciones mínimas para nuestro buen desenvolvimiento sean cuestionadas. Con seguridad, es razonable tener una posición favorable a esa idea, generadora del patrocinio a la libertad de pensamiento, expresión y asociación, entre otras facultades tan básicas cuanto innegociables. Todos deberíamos ser iguales respecto al reconocimiento de tales derechos, teniendo, por ende, idéntica protección ante los abusos que sean consumados en su contra. Instaurar un sistema sobre esta base no conlleva sino a convenir que tenemos la misma esencia, condición, naturaleza o, si se prefiere una voz menos controvertida, dignidad.
Pero no todos están satisfechos con una reivindicación moderada de la igualdad. Efectivamente, se ha postulado que sea el valor supremo en cualquier campo de la vida. Así, como si fuese algo siempre abominable, se condena al más ínfimo indicio de la desigualdad, considerándola injusta en toda circunstancia. Nadie discute que, por ejemplo, cuando se han forjado de modo arbitrario, las diferencias socioeconómicas puedan tornarse debatibles; empero, sin mediar dicha situación, no parece comprensible exigir el igualamiento en ese plano, imponiendo una realidad uniforme. Puede formar parte de nuestros anhelos ideológicos; sin embargo, ampliar la mirada igualitaria, acompañada por el ejercicio del poder, suele dirigirnos hacia terrenos en los que sus exageraciones impiden el acceso a días prósperos. Además, nunca olvidemos que las prédicas igualitarias han terminado en el establecimiento de jerarquías inmutables e infames.

Nota pictórica. Niño y fuego es una obra que pertenece a Jan Lievens (1607-1674).

18/5/17

La falacia del socialismo irreal




Los hechos están más allá de acuerdos y consensos, y todo lo que se diga sobre ellos –todos los intercambios de opinión fundados en informaciones correctas– no servirá para establecerlos.
Hannah Arendt


Mario Bunge demanda que nuestro cerebro trabaje adecuadamente, pues puede funcionar asimismo del modo contrario, produciendo tonterías. No basta usarlo; hay que hacerlo de manera correcta. Esto significa que su empleo sea racional y realista. Por supuesto, al ejercer las facultades intelectuales, no respetamos siempre aquello. Pueden cometerse confusiones, equivocaciones, incluso de forma deliberada. Hablamos aquí de falacias, que tienen diversas especies, mas un común denominador: distanciarnos del acercamiento a la verdad. Esto conlleva la necesidad de que reconozcamos nuestros errores, con lo cual avanzaríamos. Como ha precisado Popper, el desarrollo del conocimiento científico se da gracias a la corrección de teorías, mostrando ese camino que ya no cabe seguir. Esto vale tanto para las explicaciones como cuando se trata de predicciones que aspiren a tener cierta rigurosidad.
Si consideramos el Manifiesto del Partido Comunista, publicado en 1848, como un documento capital para las predicciones del socialismo "científico", contaríamos desde entonces con un lapso generoso para su materialización. Hoy, si atendemos a la sensatez, es innegable que ningún experimento con su marca resultó exitoso. Porque sí se plasmaron sus postulados. Hubo regímenes que se reconocieron como tales, invocando a Marx hasta en el retrete; no obstante, los partidarios del socialismo, finalmente, les negaron su respaldo. Procuraron salvar así su profecía, esa llegada de un futuro en que la propiedad privada y las ruindades del libre mercado desaparecerán. De esta manera, ellos pretenden hacernos olvidar que, cuando hubo avances aparentes como los adelantos que parecía consumar la Unión Soviética en el lenguaje “del hierro, del cemento y de la electricidad”, según Trotsky, sus simpatizantes e intelectuales no denunciaron ninguna traición o inautenticidad. Había orgullo al hablar de Stalin, Mao y aun Pol Pot: todos eran dignos representantes de su ideología. Lo incómodo surgió cuando hubo inocultables hambrunas, campos de concentración y un envilecimiento cada vez mayor del sistema.
No engañemos al prójimo: los regímenes que se proclamaron socialistas, en mayor o menor grado, sí lo fueron. No me refiero únicamente a los casos ya señalados, cuyo ejemplo es categórico, sino también pienso en naciones de África. ¿O no es lo que pregona Robert Mugabe, el longevo dictador de Zimbabue? ¿No fueron cuantiosas las guerrillas y conflictos mayores abonados por esa misma palabrería? Porque no se registra información de subversiones en el Congo que hubiesen tenido como estandarte a Locke, Smith, Bastiat o Hayek. Tampoco se pueden hallar elogios al individualismo que hubiesen caracterizado a tiranos como Muamar el Gadafi, quien premió a representantes de la izquierda latinoamericana.
Por último, analicemos esta parte del mundo, pero más allá del terrible caso cubano. Porque, para los socialistas con escrúpulos, la pesadilla del chavismo ya no estaría ligada a esa ideología. En otras palabras, un gobierno puede criticar el capitalismo, consumar nacionalizaciones, mortificar al individuo, despreciando sus libertades; empero, jamás podrían considerarse estas acciones como afines a la izquierda. Con franqueza, si ellos creen que tampoco hubo aquí verdadero socialismo, quizá la conclusión sea ésta: su ideario es una utopía, tan irreal cuanto peligrosa. Un mandato de apego a la verdad –así como de respeto al cerebro– les exige reconocerlo. La otra opción es seguir con una vida falaz.

Nota pictórica. La valuación es una obra que pertenece a Grant Wood (1891-1942).